Las Bostonianas
Las Bostonianas Este le dijo que le había reservado el mejor asiento; era evidente que deseaba adoptar una actitud conciliadora, y para ello la trataba como a una persona de notable importancia. Antes de retirarse estrechó la mano de Ransom y comentó que le agradaba conocerlo; Ransom advirtió entonces que debía de tratarse del dueño de la casa, aunque difícilmente podía creer que fuera hijo de la dama corpulenta que lo había recibido en la puerta. Era un joven agradable, elegante y apuesto, con maneras vivaces y cordiales; le recomendó a Ransom que se sentara en la otra habitación, sin demora; si nunca antes había oído a la señorita Tarrant no debía perderse uno de los mayores placeres de su vida.
—Oh, pero el señor Ransom solo ha venido a ventilar sus prejuicios —dijo la señorita Chancellor, y le dio la espalda a su primo.