Las Bostonianas

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—Ha perdido usted la cabeza —dijo él con la mirada fija sobre ella.

—Desearía que me trajera una taza de té.

—Dice usted eso solo para molestarme.

Acababa de decir esas palabras cuando una gran ola de aplausos, y el grito de muchas gargantas: «¡Bravo!, ¡bravo!», irrumpió en el aire y se extinguió. El pulso de Ransom se aceleró, y lanzó a paseo sus escrúpulos, y después de haber observado a la señora Luna, aunque con toda la debida ceremonia, de un modo que le hizo temer que iba a tener que resignarse a perder su estimación, le dio la espalda y se alejó a grandes pasos hacia la puerta abierta de la sala de música.

—¡Jamás me había sentido tan insultada! —la oyó exclamar, con excesiva mordacidad, mientras se alejaba de ella; y, cuando la observó, mientras ocupaba su nuevo puesto, la vio aún sentada en el sofá, sola en medio de la sala desierta, con los ojos que lanzaban, a través del espacio, pequeños destellos vengativos. Bueno, ella podía ir a donde él se hallaba si tanto lo deseaba; él la habría podido subir sobre una otomana, lo que le permitiría ver a la oradora. Pero la señora Luna era inflexible; Ransom se dio cuenta después de un minuto de que ella se había retirado altivamente del lugar, y no la vio más en toda la noche.


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