Las Bostonianas

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XXVIII

Podía dominar perfectamente toda la sala de música desde el lugar donde se encontraba, detrás de una multitud de caballeros que escuchaban con intensa atención. Verena Tarrant estaba erguida sobre la pequeña plataforma vestida de blanco, con flores en el pecho. La roja alfombra bajo sus pies asumía un aspecto precioso a la luz de las lámparas colocadas sobre altos pedestales a ambos lados del escenario, lo que confería a su figura una vívida atmósfera de calor que la hacía más nítida y pura. Se movía libremente, como aislada en la misma soledad, pero sus gestos eran mesurados y sobrios; no había ninguna mesa frente a ella, ni tenía notas en la mano, sino que actuaba como una actriz frente a las bambalinas, o como una cantante que emitiera sonidos vocales con una garganta de plata. Había tal riesgo de que el intento de una joven muchacha provinciana, que pretendía fascinar a unas doscientas neoyorquinas blasés simplemente ofreciéndoles sus ideas, fracasara por completo, que al final de unos pocos momentos Basil Ransom fue consciente de que la observaba con la misma excitación que si ella estuviera columpiándose sobre la cabeza de él en un trapecio. Sin embargo, al escucharla, era imposible no percibir que estaba en perfecta posesión de sus facultades, de su tema y su público; Ransom se acordaba bastante bien de la ocasión en que la había oído en casa de la señorita Birdseye como para poder medir la distancia que ella había recorrido a partir de entonces. La nueva actuación era mucho más completa, sus modales eran más seguros; parecía hablar y contemplar toda la sala desde una altura muy superior. También su voz se había educado; se le había olvidado cuán bella podía ser cuando la elevaba a su más amplia potencia. Un tono como aquel, tan puro y rico, y sin embargo tan joven, tan natural, constituía ya de por sí una forma de talento; no le extrañaba que hubiera levantado tanto entusiasmo en la Convención Feminista, si había llenado aquella odiosa sala con semejante música. Había leído hacía algún tiempo sobre las improvvisatrice de Italia, y esta era una versión americana, casta y moderna de aquel tipo, una Corinna de Nueva Inglaterra, con una misión en vez de una lira. Lo que más la agraciaba era su seriedad, el modo en que sus ojos deliciosos vagaban sobre aquel público elegante (ante el que no sentía la menor timidez) como si quisiera resumirlo en un solo espectador, pareciendo implicar que la única cosa que le interesaba en la vida era poner la verdad en una forma que impidiera resistirse a la convicción de lo expresado. Era tan sencilla como encantadora, y no había ni una sola mirada ni una sola frase que no pareciera surgir de la pura e inextinguible pasión que la animaba. Había logrado, en efecto, reducir a su auditorio a un solo hombre; la atención general era apasionada; el público sonreía cuando ella sonreía, permanecía inmóvil cuando ella hablaba con solemnidad; y era evidente que el entretenimiento que la señora Burrage había tenido la brillante idea de ofrecer a sus amigos sería recordado en los anales del Club de los Miércoles. Era agradable para Basil Ransom pensar que Verena había advertido su presencia; los ojos de la muchacha se movían sobre el auditorio con tal libertad que era imposible decir que se posaran en un punto más que en otro; sin embargo, un rayo rápido que, no obstante, no pareció desviarla de ninguna manera de su ridícula, fantástica, deliciosa disertación, le hizo sentir al joven que había advertido primero su ausencia y que ahora le hablaba en especial. Y esa mirada lo confirmó también en la idea de que la invitación le había sido enviada a petición de Verena. Ransom dio por hecho que el asunto del que hablaba era ridículo; ¿de qué otra manera podía ser? ¿Y en el fondo qué le importaba? Ella no era por eso menos encantadora, y las alucinaciones de que hablaba no dejaban de ser alucinaciones, a pesar de la encantadora manera en que las expresaba. Después de permanecer de pie un cuarto de hora se dio cuenta de que le hubiera resultado imposible repetir una sola palabra de lo que ella había dicho; no había hecho el menor caso, y sin embargo no había perdido una sola de las vibraciones de su voz. Había descubierto a Olive Chancellor en ese momento; estaba en la primera fila, precisamente en el fondo, del lado izquierdo. A pesar de que le daba la espalda, podía ver la mitad de su afilado perfil, la cabeza inclinada y absolutamente inmóvil. Aun a tanta distancia, tuvo la impresión de que su actitud expresaba una especie de calma extática, una concentración en el triunfo. Hubo varias efusiones de aplausos inmediatamente sofocados, pero Olive no levantó en ningún momento la mirada, ni siquiera ante los más calurosos, y esa impasibilidad no podía derivar de ninguna otra cosa sino de una firme y resuelta voluntad. El éxito estaba en el aire, y ella lo paladeaba: lo paladeaba, como hacía siempre, de un modo absolutamente personal. El triunfo de Verena era su triunfo, y Ransom estaba seguro de que lo que hubiera coronado aquel triunfo hubiese sido poder verlo a él en aquel momento para poder gozar de su embarazo y de su confusión y poderle decir con palabras heladas: «Pues bien, ¿sigue usted pensando que nuestro movimiento no constituye una fuerza, y que las mujeres hemos nacido solo para ser esclavas?». Pero para decir la verdad no se sentía en lo más mínimo confuso, y no le hacía cambiar ninguna de sus heréticas ideas el percibir que Verena Tarrant tenía aún más poder de atraer su atención de lo que hasta ese momento había supuesto. Estaba absorto de un modo en que nunca antes lo había estado; sin embargo, el discurso penetró profundamente en su espíritu, a pesar de los obstáculos que le anteponía. Algunas frases comenzaron a tener para él un significado preciso: eran un llamado que ella hacía a quienes aún se resistían a la influencia benéfica de la verdad. Eran personas, según se desprendía de sus palabras, cínicas y burlonas; seres inútiles y superficiales, tan desprovistos de corazón y de inteligencia que no importaba lo que opinaran sobre ningún tema; si la antigua tiranía recurría a semejantes individuos quería decir que se encontraba precisamente en la peor de las situaciones. Pero había otros cuyos prejuicios estaban más profundamente arraigados, se obstinaban en cultivarlos y pretendían basarse en estudios y razonamientos filosóficos. Era a ellos a quienes principalmente dirigía su discurso; quería enfrentarse a ellos, diciendo: «Mirad, vivís completamente en el error; seréis mucho más felices cuando os haya convencido. Permitidme solo cinco minutos»; les diría, además: «Sentaos aquí solo un momento y dejad que os haga solo una sencilla pregunta: ¿creéis acaso que un sistema social puede proporcionar buenos resultados cuando está basado en el error organizado?». Tal era la sencilla pregunta que Verena deseaba plantear, y Basil le sonrió a través de la sala con una ternura divertida, pues imaginaba que esa pregunta le estaba dirigida a él. Pensó que no le espantaría mucho que ella le preguntara aquello, y que estaba dispuesto a sentarse a su lado todo el tiempo que ella deseara.


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