Las Bostonianas

Las Bostonianas

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De lo único que se daba cuenta era de que la señora Luna estaba ansiosa por ayudarla a detener el paso de Basil Ransom, y el que su acción estuviera dictada por el resentimiento y no por la ternura hacia las bostonianas no habría hecho que su ayuda fuera menos bien recibida si el peligro era real. Ella misma tenía un miedo cerval, un miedo que se le presentaba en todas las ocasiones; es más, era posible que Adeline hubiera visto algo, ¿qué quería decir, por ejemplo, cuando se refería a encuentros secretos entre Verena y Basil Ransom? Cuando la interrogó sobre este punto, la señora Luna solo pudo decir que no pretendía dar ninguna información definitiva, y que de cualquier modo ella no era una espía, pero que la noche anterior él había proclamado abiertamente en su cara sus sentimientos de admiración por la muchacha, su entusiasmo por el modo en que se erguía sobre el escenario. Por supuesto él aborrecía sus ideas, pero era tan petulante que estaba seguro de que lograría hacérselas olvidar. Tal vez todo esto estaba dirigido contra ella… ¡como si a ella pudiera importarle! También dependía en gran parte de la muchacha; por supuesto que si había alguna posibilidad de que Verena resultara afectada, le aconsejaba a Olive que la vigilara. Sabía perfectamente qué hacer; era deber de Adeline ponerla al corriente de sus propias impresiones, se lo agradeciera Olive o no. Solo quería ponerla en guardia, y era típico de Olive recibir sus informes con tal frialdad; era la mujer más desilusionante que había conocido en su vida.


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