Las Bostonianas
Las Bostonianas Verena se presentó en el hotel poco antes del almuerzo y acudió a la habitación de su amiga para notificarle su llegada; y mientras permanecÃan sentadas, esperando taparse los oÃdos cuando el gong que anunciaba el almuerzo fuera golpeado por el negro de chaqueta blanca al pie de la escalera, le contó a su amiga todas sus aventuras con el señor Burrage: se extendió en el relato de las bellezas del parque, el esplendor del museo, la asombrosa familiaridad del joven con todo lo que contenÃa, la agilidad de sus caballos, la comodidad de su vehÃculo inglés, el placer de deslizarse sobre ruedas tan sólidas como el mármol, las diversiones que prometÃa para esa noche. Olive la escuchaba en silencio; advirtió que Verena estaba extasiada, por supuesto que la conocÃa tan bien como para poder entender esa fase.
—¿Trató el señor Burrage de hacerte la corte? —le preguntó al final, sin sonreÃr.
Verena se habÃa quitado el sombrero para arreglarle una pluma, y, colocándolo de nuevo sobre su cabeza, formando un marco para el rostro con los brazos levantados, respondió:
—Bueno, sÃ, supongo que estaba tratando de declararme su amor.