Las Bostonianas
Las Bostonianas Por muy segura que pudiera considerar su posición, Olive se calificó de ciega e idiota por haber, a pesar de su primera negativa, aceptado llevar a Verena a Nueva York. Verena había recibido aquella invitación con saltos de júbilo; el mismo hecho de que nadie esperara algo semejante de parte de la señora Burrage —parecía una idea extraña procediendo de una mujer enteramente mundana—, entrañaba ya una especie de persuasión. La reacción inmediata de Olive había sido la de un vago e instintivo temor, pero más tarde había logrado desprenderse de él; había decidido (y esa decisión no era nueva en ella) que por tratarse de la causa era necesario afrontar también aquella situación. Semejante oportunidad podía contribuir mucho a la reputación de Verena como para justificar el rechazo a los temores que después de todo no eran sino muy vagos. Los terrores y peligros que Olive veía a su alrededor se habían atenuado mucho ya para aquellas fechas; hacía siglos que Basil Ransom no había dado señales de vida, y Henry Burrage se había apaciguado antes de que ellas partieran rumbo a Europa. Si a la madre de este último se le había ocurrido convertir a Verena en la principal animadora de una gran soirée actuaba por lo menos de buena fe, ya que no se podía pensar que tuviera mayores deseos de que él se casara con la hija de Selah Tarrant de los que había tenido un año atrás. Y además, ellas debían hacerle algún bien a los ciegos, a los más ciegos, los ciegos del mundo elegante; tal vez llegara a enfurecerlos, pero también eso podía ser bueno. Últimamente Olive era consciente de una tentación personal en ese sentido; no era insensible al orgullo de aparecer en un distinguido círculo neoyorquino como una mujer representativa, una bostoniana importante, la mentora, colega y asociada de una de las más originales jóvenes de la época. Basil Ransom era la persona que menos había esperado encontrar en casa de la señora Burrage; había creído que debían fácilmente pasar cuatro días en una ciudad de más de un millón de habitantes sin tener que sufrir ese desagradable accidente. Pero el hecho había tenido lugar y todo hacía parecer que se trataba de algo grave. Con los dientes apretados se reprochó con toda la dureza de que era capaz haber caído en esa trampa del destino. Bueno, de cualquier modo saldría bien librada, quizá solo con algún rasguño. Henry Burrage era muy atento, pero de cualquier manera ya no le temía; y era más que natural que el joven tuviera la impresión de no ser lo bastante cortés con ellas, después de que hubieran accedido a ser explotadas por su madre en aquel medio mundano. El otro peligro era el peor: aquel extraño temor que sintió que la embargaba la noche de la reunión en casa de la señorita Birdseye volvió a invadirla. El señor Burrage le llegó a parecer hasta una protección; pensó con alivio que habían decidido que después de llevar a Verena a pasear por el parque y ver el Museo de Arte por la mañana, cenarían con él en Delmonico’s (él había invitado ya a otro caballero) y luego asistirían a la ópera alemana. Olive había mantenido todo esto oculto, sin revelarle a su hermana su previsión de que Basil Ransom se quedara perplejo cuando llegara al hotel de la calle Diez y se enterase de que habían salido, ni le había expresado su ansiedad por encontrarse una vez más en el tren de Boston. Solo esa previsión la había mantenido serena cuando le dio su dirección al señor Ransom.