Las Bostonianas

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XXX

La señora Luna se hubiera sentido aún más desilusionada por la manera en que Olive recibió su propuesta de colaboración de haber sabido cuántas confidencias aquella joven reticente le hubiera podido hacer a su vez. Toda la vida de Olive se reducía ahora a una red de comunicaciones susurradas; ella misma sintió esto cuando se refugió en su habitación después de la entrevista con su hermana. Por el momento tenía tiempo de pensar, porque Verena había salido a dar un paseo con el señor Burrage, quien había concertado una cita con ella la noche precedente para pasar a recogerla por la mañana. Tenían otros compromisos para esa tarde; el principal de todos era reunirse con un grupo de gente seria en la casa de una de las grandes promotoras de la causa en la ciudad. Olive acompañaría a Verena a esas reuniones tan pronto como comieran; se ilusionaba con la idea de poder ajustar el horario de tal manera que no hubiera ni siquiera media hora en el día en que Basil Ransom pudiera encontrar a las bostonianas en el hotel. Esto se lo había propuesto desde el momento en que en casa de la señora Burrage le había tenido que dar por fuerza su dirección, y también había decidido pedirle a Verena, como un favor especial, que regresara con ella a Boston dentro de dos días; es decir, a la mañana siguiente. Se había hablado demasiado sobre la posibilidad de que Verena permaneciera unos cuantos días con la señora Burrage después de la partida de Olive; pero Verena había renunciado espontáneamente viendo cómo aquella idea mortificaba a su amiga. Olive había aceptado el sacrificio, y la estancia de ambas en Nueva York se vería limitada, al menos así pensaban, a cuatro días; uno de los cuales no obstante fue cancelado autoritariamente por la señorita Chancellor tan pronto como advirtió las intenciones de Basil Ransom. No se lo había comunicado aún a Verena; había dudado un poco, pues tenía una ligera mala conciencia sobre la concesión que ya había obtenido de su amiga. Verena cedía de una manera tan generosa que le producía verdaderos remordimientos de conciencia una vez que había obtenido alguna concesión; y en ninguna ocasión le había oído Olive reclamar nada a cambio, ni lamentarse por un instante de los esfuerzos que se veía obligada a realizar. La idea de pasar una semana en casa de la señora Burrage la había fascinado; había dicho también que estaba segura de que su madre moriría feliz (aunque no había la menor perspectiva de una próxima defunción de la señora Tarrant) si se enteraba de que había tenido una experiencia de ese tipo; y sin embargo al advertir la gravedad con que Olive había recibido la noticia, al verla palidecer y turbarse ante aquella perspectiva, había ofrecido renunciar, con una sonrisa más dulce, si aún era posible, que cualquier otra que hubiese visto en sus ojos. Olive sabía lo que eso significaba, sabía las reservas de felicidad que tenía en perspectiva, a pesar de la tensión que les exigía su esfuerzo común, su trabajo vital, que ahora había llegado, las dos se daban perfectamente cuenta de ello, a la etapa de realización, de cosecha; y precisamente por ello le remordía un poco la conciencia al aceptar esa última renuncia, especialmente ahora que su posición parecía del todo segura, por parte de una persona que se le había entregado tan sublimemente.


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