Las Bostonianas

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Vestía siempre de la misma manera; llevaba una especie de amplio chaquetón negro, con bolsillos profundos, llenos siempre de papeles, residuos de una correspondencia voluminosa; por debajo de aquella chaqueta salía un corto vestido de lana. La brevedad de esta prenda, muy simple, era el expediente mediante el cual la señorita Birdseye trataba de sugerir que era una mujer de negocios, que deseaba libertad de acción. Pertenecía, por supuesto, a la Liga de las Faldas Cortas; pues formaba parte, sin excepción, de todas y cada una de las ligas que hasta la fecha se hubieran fundado cualquiera que fuese el propósito. Esto no le impedía ser una anciana confusa, complicada, inconsecuente, discursiva, cuya caridad comenzaba en casa y no se sabía dónde acababa, cuya ingenuidad no se quedaba atrás, y que sabía menos de sus semejantes, si eso era posible, después de cincuenta años de celo humanitario, que el día que había decidido lanzarse al campo de batalla a luchar contra las injusticias de la vida. Basil Ransom conocía muy poco sobre ese tipo de existencias, pero la señorita Birdseye le pareció la revelación de una clase, y una multitud de personajes socialistas, de nombres y episodios de los que había oído hablar, se agrupaban tras ella. Su aspecto era el de la persona que ha pasado la vida en tribunas, auditorios, convenciones, falansterios y séances; en su cara fatigada se veía casi el reflejo de las malas lámparas usadas durante esas sesiones; por la tendencia que tenía de mirar siempre hacia arriba, parecía dirigirse hacia un orador público, con un esfuerzo de respiración que siempre provoca el aire viciado en que, por lo general, se discuten las reformas sociales. Hablaba constantemente, con una voz quebradiza como la de un timbre eléctrico demasiado gastado; y cuando la señorita Chancellor le explicó que había llevado al señor Ransom porque aquel tenía grandes deseos de conocer a la señora Farrinder, ella le tendió al joven una pequeña mano frágil, sucia, democrática, mirándolo con simpatía, ya que le era imposible hacerlo de otra manera, pero sin la menor discriminación referente a quienes no habían tenido la fortuna (la que tal vez implicara una injusticia) de estar presentes en una ocasión tan interesante. Le dio la impresión de vivir muy pobremente, pero hasta más tarde no se enteró de que la señorita Birdseye jamás había tenido un centavo en su vida. Nadie sabía exactamente de qué vivía; cuando tenía algún dinero lo daba inmediatamente a un negro o a un refugiado. Ninguna mujer hubiera podido ser más imparcial, aunque, en general, ella prefería esas dos categorías del género humano. Desde el fin de la guerra civil muchas de sus ocupaciones habían cesado; ya que antes la mayor parte de su vida había transcurrido imaginándose que ayudaba a algún esclavo del Sur a escapar. No era por tanto desatinado el preguntarse si en lo más profundo de su corazón no desearía a veces, solo por volver a experimentar aquel género de excitación, que los negros volvieran a encontrarse encadenados. Del mismo modo había sufrido por el relajamiento de algunos despotismos europeos, ya que en años anteriores, buena parte de lo que daba el tono romántico a su vida había consistido en suavizar las almohadas del exilio a conspiradores desterrados. Sus refugiados habían sido para ella algo precioso; siempre estaba tratando de recaudar dinero para un polaco cadavérico, de conseguir clases para que las impartiera un italiano descamisado. Corría la leyenda de que un húngaro había poseído en una época su corazón, y que luego había desaparecido robándole todo cuanto poseía. Era, sin embargo, una leyenda apócrifa, ya que ella jamás había poseído nada, y además se prestaba a serias dudas el que hubiese podido concebir un sentimiento tan personal. Ya en esa época ella podía enamorarse solo de causas, y languidecer ante cualquier forma de emancipación. Pero habían sido sus días más felices, porque cuando aquellas causas se encarnaban en extranjeros (¿qué otra cosa si no eran los africanos?) eran sin lugar a dudas más sugestivas.


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