Las Bostonianas
Las Bostonianas Cuando volvió con su compañera a su alojamiento de la calle Diez encontró dos tarjetas en la mesa del vestíbulo: una iba dirigida a la señorita Chancellor, la otra a ella. La caligrafía era diferente y sin embargo ella reconoció ambas. Olive estaba tras ella, en la escalera, hablando con el cochero para decirle que tuviera listo el coche para ellas dentro de media hora (tenían solo el tiempo preciso para vestirse); así que sencillamente tomó el sobre y subió a su habitación. Mientras lo hacía tenía la sensación de haber sabido siempre que aquella nota la esperaría, y era consciente de ser culpable de una especie de traición, de una astucia poco amistosa, y de no estar preparada para ello. Si podía deambular por Nueva York toda la tarde y olvidar que habría dificultades que afrontar en el futuro, eso no quería decir que las dificultades no existieran, y que podían ser considerables, ni tampoco que se resolverían simplemente con el regreso a Boston. Media hora más tarde, mientras recorría la Quinta Avenida con Olive (parecía que ese día estuviera especialmente poblada), ajustándose sus guantes ligeros, deseando que su abanico fuera un poco más elegante, y demostrando con la ávida mirada con que contemplaba las calles iluminadas por las farolas que fuera cual fuese la teoría que se pudiera sustentar sobre la génesis de su talento y su naturaleza personal, la sangre de los Tarrant, frecuentadores de conferencias e inveterados noctámbulos, corría impetuosamente por sus venas; mientras las dos jóvenes se dirigían hacia el célebre restaurante, ante cuya puerta el señor Burrage había prometido esperarlas celosamente, Verena encontró un tono de voz suficientemente alegre y natural como para comunicarle a su amiga que el señor Ransom se había presentado mientras estaban fuera y que le había dejado una nota con muchos saludos para la señorita Chancellor.