Las Bostonianas
Las Bostonianas —Ese es un asunto que solo a ti te concierne, querida —replicó Olive, con un suspiro melancólico, dirigiendo la mirada a la calle Catorce (que atravesaban en aquel momento, con mucha agitación), hacia la extraña barrera del ferrocarril elevado.
No era nada nuevo para Verena el comprobar que aunque la gran aspiración de la vida de Olive fuera su entrega a la lucha en pro de la justicia, a veces no lograba aplicarla en ciertos casos específicos; pensó que era ya bastante tarde para declarar que las cartas del señor Ransom solo podían ser imputables a su corresponsal. ¿No había tomado Olive aquel asunto como cosa propia durante toda la tarde? Verena resolvió que debía informar a su compañera de todo lo necesario respecto a la carta; se preguntaba si al informarla ahora de más de lo que su amiga deseaba saber no la compensaba de todo lo que hasta ese momento le había ocultado.
—La llevó escrita esta tarde porque temía no encontrarme. Quiere verme mañana. Dice que tiene muchas cosas que decirme. Me propone una hora… dice que espera que no tenga inconveniente en verlo a eso de las once de la mañana; piensa que por ser tan temprano no tendré otros compromisos. Por supuesto nuestro regreso a Boston resuelve el asunto —añadió Verena serenamente.
La señorita Chancellor no dijo nada durante un minuto; luego respondió:
—A menos que lo invites a visitarte en el tren.