Las Bostonianas
Las Bostonianas Mientras tanto la señora Farrinder no mostraba demasiados deseos de dirigirse a la asamblea. Se lo confesaba en ese momento a Olive Chancellor, con una sonrisa, y le pedía que no considerara con demasiada dureza su momentánea falta de energía. Se había dirigido a tantas asambleas que ahora lo que quería era escuchar a otras personas. La señorita Chancellor, por ejemplo, seguramente había pensado mucho sobre aquel argumento de vital importancia; ¿no querría hacer unas cuantas observaciones y ofrecerles algo de su experiencia? ¿Qué opinaban sobre el voto las damas de Beacon Street? Tal vez la señorita Chancellor podría hablar por ellas mejor que por otras personas. Esa era una rama del asunto sobre la cual las líderes no estaban demasiado informadas; pero era necesario saberlo todo; ¿por qué no consideraba la señorita Chancellor trabajar en aquel terreno? La señorita Farrinder hablaba con el tono de quien tiene miras tan amplias que era fácil al principio, antes de que uno pudiera advertir la envergadura de su visión, considerarlas casi falaces; ella era consciente de que el fin que se proponía alcanzar trascendía siempre el primer vuelo de una imaginación normal. Le insistía a su compañera sobre la idea de trabajar en el mundo elegante, parecía querer atribuirle relaciones familiares con ese reino misterioso, y quería saber por qué no trataba de despertar en algunas de sus amigas un movimiento de simpatía hacia la causa de la mujer.