Las Bostonianas
Las Bostonianas Olive Chancellor recogió esta solicitud con sentimientos muy mezclados. Dada su inmensa simpatía hacia las reformas, esperaba que los reformadores fueran un poco diferentes. Había un elemento de grandeza en la señora Farrinder; lo obligaba a uno a estar de su lado: pero había una nota de falsedad cuando hablaba con su joven amiga sobre las damas de Beacon Street. Olive detestaba que se hablara de aquella avenida como si fuera un lugar notable, y que vivir allí fuera una prueba de gloria mundana. Allí vivía toda clase de gente mediocre, y una mujer tan brillante como la señora Farrinder, que vivía en Roxbury, no debía cometer tales errores. Comprendía que era absurdo que la irritaran esos errores; pero no era esta la primera vez que la señorita Chancellor había observado que la posesión de nervios no era en sí una razón válida para abrazar las nuevas verdades. Conocía su puesto en la jerarquía bostoniana, y no era el que la señora Farrinder suponía; así que era una falta de perspectiva hablarle como si fuera una representante de la aristocracia. Nada sería menos válido, lo sabía muy bien, que aplicar (en Estados Unidos) ese término demasiado literalmente; por otra parte lo que sí representaría una realidad sería decir, para distinguir las situaciones, que los Chancellor pertenecían a la bourgeoisie… la más antigua y la mejor. Ellos podían valorar en poco o en mucho esta posición (en realidad se sentían muy orgullosos de ella), y eso, precisamente, hacía que la señora Farrinder le pareciera provinciana (había algo provinciano, después de todo, en el modo en que se peinaba) por no entenderlo. Cuando la señorita Birdseye hablaba de alguien como un «representante de la alta sociedad», Olive podía perdonar esa odiosa expresión, porque, por supuesto, no iba nadie a pretender que ella, pobrecita, tuviera la menor noción de la realidad. Ella era heroica, era sublime, toda la historia moral de Boston se reflejaba en sus lentes mal colocados; pero era un elemento de su originalidad el que fuera tan deliciosamente provinciana. Olive Chancellor consideraba poseer los suficientes privilegios, aun sin estar afiliada a ese grupo exclusivo ni recibir invitaciones para las reuniones íntimas, que constituían la verdadera prueba; era una gracia para ella no tener que añadir esa inmoralidad a su conciencia. Las damas a las que la señora Farrinder se refería (era de suponer que tenía en mente a algunas en particular) podían hablar por sí mismas. La señorita Chancellor quería trabajar en otro campo; desde hacía mucho tiempo estaba interesada por los sentimientos populares. Tenía deseos inmensos de conocer íntimamente a alguna joven muy pobre. Aquel parecía un tipo de placer fácilmente obtenible; y, sin embargo, no le había resultado así. Había dos o tres pálidas dependientas de comercio cuyo trato había intentado; pero parecía que tuvieran algún temor de ella, y aquellos intentos se habían desvanecido en la nada. Ella consideraba la situación de las jóvenes de una manera más trágica de lo que lo hacían estas; no lograban comprender qué deseaba de ellas, y siempre terminaban por estar odiosamente enredadas con algún Charlie. Charlie era siempre un joven de chaqueta blanca y cuello de cartón; en última instancia era por él por quien ellas se preocupaban sobre todo. Más les interesaba Charlie que el derecho a votar. Olive Chancellor se preguntaba de qué manera la señora Farrinder consideraba ese aspecto de la cuestión. En el trato con sus jóvenes conciudadanas había siempre encontrado a ese zagal impertinente plantado en el camino, y llegó al fin a detestarlo extremadamente. La llenaba de exasperación que el tal Charlie pudiera ser necesario para la felicidad de sus víctimas (había terminado por descubrir que aunque con ella entablaran conversaciones de otro tipo, era de él, de él, solo de él, de quien hablaban entre ellas), y una de las principales recomendaciones del club vespertino que desde hacía tiempo tenía pensado fundar para el recreo de sus hermanas fatigadas y mal pagadas era la de minar de algún modo su prestigio… aunque sería fácil prever que él estaría esperando cerca de la puerta. Apenas supo qué contestarle a la señora Farrinder, cuando esta momentáneamente desorientada mujer, preocupada todavía con las elegantes damas del Mill-dam, volvió a la carga.