Las Bostonianas
Las Bostonianas Verena no dijo estas palabras con coquetería, ni para hacer que él insistiera más en su petición, sino porque estaba pensando y quería ganar un poco de tiempo. La alusión a Henry Burrage la había conmovido, así como el que Ransom pudiera pensar que había estado en el parque en circunstancias más agradables de las que él proponía. No lo habían sido y, de algún modo, quería que él lo supiera. Pasear por aquellos lugares en compañía de alguien, detenerse aquí y allá, a tomar un respiro, mirar los animales como había visto que la gente hacía el día anterior, sentarse en algún sitio un poco apartado en el cual se pudieran ver los hermosos panoramas que había contemplado desde lo alto de la calesa al lado de Henry Burrage… había tenido que ver todo desde la altura y eso la había hecho sentirse indebidamente superior; lo que proponía Basil Ramson se adecuaba mucho más a sus gustos, mucho más a su idea de auténtica diversión. Pensó también que el señor Ransom debía de haber abandonado sus labores para ir a visitarla a esa hora; las personas como él pasaban siempre las mañanas ganándose la vida, y era solo al señor Burrage a quien eso no le preocupaba, ya que carecía de profesión. El señor Ransom quería sacrificarle todo el día. Eso la impresionaba; era la muchacha más bondadosa del mundo, demasiado considerada para no ser sensible a cualquier sacrificio que se hiciera por ella. Siempre había hecho todo lo que la gente le pedía. Además, si Olive establecía aquel extraño arreglo para que ella permaneciera algún tiempo con la señora Burrage, Ransom lo consideraría como una prueba de que había algo serio entre ella y el dueño de la casa, a despecho de todo lo que pudiera aducir en contra; es más, si se quedaba con los Burrage no podría recibir al señor Ransom. Olive confiaría en que no lo hiciera, y ella estaba decidida a no engañar más a Olive en el futuro ni a ocultarle nada, sin importarle lo que hubiera hecho en el pasado. No quería volver a incurrir en las mismas faltas, pensaba que podría evitarlas. Fue la idea del futuro inmediato que la esperaba en Nueva York, del que su presente acompañante quedaría absolutamente excluido, lo que provocó en su ánimo un rápido cambio, haciéndola acceder a sus peticiones, a fin de poder compensarlo anticipadamente por lo que no podría hacer por él después. Pero lo que más la disgustaba era que él la considerara comprometida con otra persona. A decir verdad, no sabía por qué debía preocuparle aquello; y lo cierto era que en aquel momento los sentimientos de la joven no resultaban claros ni para ella misma. No veía qué utilidad podía tener que su amistad con el señor Ransom se volviera más íntima (ya que el interés de él parecía realmente personal); y por eso le preguntó por qué deseaba salir con ella, y si había algo especial que quisiera decirle (no había nadie como Verena para decir frases aparentemente coquetas, con la mejor buena fe y la intención más inocente del mundo), como si eso no constituyera una razón válida para deshacerse de él de una vez por todas.