Las Bostonianas

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—Por supuesto que tengo algo especial que decirle… Tengo una tremenda cantidad de cosas que decirle —exclamó el joven—. Muchas más de las que podría decir en esta habitación fría y oprimente, pública para colmo, de modo que cualquiera podría entrar y oírlas en cualquier momento. Además —añadió sofísticamente—, no es conveniente que le haga una visita de tres horas.

Verena no percibió el sofisma, ni le preguntó si sería más conveniente que ella vagara por la ciudad en su compañía durante el mismo período de tiempo; solo dijo:

—¿Es algo que me va a resultar interesante oír, o que me hará bien?

—Bueno, yo creo que le hará bien; aunque me imagino que no le resultará demasiado interesante. —Basil Ransom tuvo un momento de duda, y luego, con una sonrisa, prosiguió—: Es para decirle de una vez por todas lo mucho que en verdad difiero de usted —dijo esto un poco al azar, pero resultó una feliz inspiración.

Si se trataba solo de eso, Verena pensó que podía ir, ya que no era un asunto personal.

—Bueno, me alegra que tome tan en serio el problema —respondió, meditabunda. Pero tenía también otro escrúpulo, y lo expresó al decir que le gustaría que Olive la encontrara en la pensión a su regreso.


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