Las Bostonianas
Las Bostonianas A Ransom le pareció que el tono en que aquella pregunta había sido expresada trataba de aludir de una manera irónica a sus presentes condiciones de miseria, así que por un momento no dijo nada, fue un momento en que si su acompañante hubiera contemplado su rostro lo hubiera visto adornado por un incipiente rubor. Ransom consideró las palabras de Verena como una repentina broma de parte de la joven, cosa que era perfectamente legítima, pues ella tenía todo el derecho del mundo a defenderse. Pensó que deseaba recordarle en otros términos (así por lo menos su exagerado orgullo sureño, su excesiva sensibilidad, interpretaron el asunto) la idea de que un caballero tan terriblemente atrasado en el camino de la fortuna no tenía derecho a hacer perder el tiempo a una joven brillante, consagrada por el éxito, ni siquiera para poder convencerse de que debía renunciar a ella. Pero este reproche solo agudizó su deseo de hacerle sentir que si había renunciado, era precisamente debido a la desfavorable y accidental posición que ocupaba en la vida; que, de no ser así —llegó tan lejos como para jactarse de ello—, hubiera podido triunfar sobre todo el cúmulo de prejuicios acumulados por Verena, sobre todos los obstáculos que su notoriedad interponía. El sentimiento más profundo en el pecho de Ransom en relación con ella era la convicción de que la muchacha había sido creada para el amor, como se había dicho a sí mismo mientras la escuchaba en casa de la señora Burrage. Ella era absolutamente inconsciente de ese hecho, y otro ideal, crudo, vacío y ficticio, se había interpuesto entre ella y los demás; pero, en presencia de un hombre por quien realmente se interesase, aquella estructura falsa y vacilante se derrumbaría miserablemente, y la emancipación del sexo de Olive Chancellor (pero ¿qué sexo era aquel, santo cielo?, se preguntaba despectivamente) sería relegada a un reino de sombras, de palabras muertas. El lector podrá darse cuenta por consiguiente si una impresión como aquella podía hacerle a Basil Ransom más admisible el creer que sería una indelicadeza de su parte cortejarla. A Ransom le habría ofendido inmensamente aquella imputación si alguien se la hubiera hecho.