Las Bostonianas

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XXXIX

Ransom se encontró a la doctora Prance en el pueblo a la mañana siguiente, y tan pronto como la vio supo que el acontecimiento que se esperaba en casa de la señorita Chancellor había tenido ya lugar. No se podía decir que su aspecto fuera fúnebre; pero de cualquier modo contenía un anuncio de que por el momento no debía ya preocuparse por su paciente. La señorita Birdseye había fallecido por la noche muy tranquilamente, una hora o dos después de la visita de Ransom. La habían transportado en su silla de ruedas a la casa; y no hubo nada que se pudiera hacer sino esperar su completa extinción. La señorita Chancellor y la señorita Tarrant se habían sentado junto a ella, sin moverse, cada una sosteniendo una de sus manos, y a eso de las ocho había dejado de respirar. Fue una muerte dulce; la doctora Prance insinuó que nunca había visto a nadie morir tan plácidamente. Añadió que se trataba de una buena mujer, una mujer del viejo estilo; y aquella fue la única oración fúnebre que Basil Ransom oiría pronunciar sobre la señorita Birdseye. La impresión de sencillez y humildad de su fin permaneció con él, y reflexionó más de una vez, en los días siguientes, que la ausencia de pompa y circunstancia que había caracterizado su carrera marcaba también la consagración de su memoria. Había sido casi célebre, se había entregado enteramente a sus obras de caridad, a sus credos y causas; y, sin embargo, las únicas personas para quienes, al parecer, su muerte significaba algo real eran aquellas tres jóvenes veraneantes de la casita de Cape Cod. Ransom se enteró por la doctora Prance de que sus restos mortales iban a ser sepultados en el pequeño cementerio de Marmion, debido al hermoso panorama que tanto le agradaba contemplar, entre viejas y musgosas lápidas de marineros y de pescadores. Había visto el lugar durante los primeros días, cuando todavía podía pasear un poco, y había dicho que le parecía una idea agradable la de yacer allí. No era una petición, ni una proposición definida; a la señorita Birdseye no se le hubiera ocurrido ni siquiera al final de su vida adoptar tonos de exigencia o hacer, por primera vez en ochenta años, una petición personal. Pero Olive Chancellor y Verena habían recordado sus comentarios sobre la tranquilidad de aquel rincón, al margen de las convulsiones del mundo, que tanto le había gustado a aquella peregrina de la filantropía.


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