Las Bostonianas

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La señora Luna se hallaba en extremo fatigada, y la vejación que significaba ver partir a Ransom con el pensamiento fijo sin duda alguna en Verena, dejándola en manos de aquel detestable periodista, cuya presencia le impedía protestar con vehemencia, la rabia de advertir que todo y todos se mofaban de ella fue tal que al final perdió los estribos y respondió iracundamente:

—Por supuesto que no. ¡Pienso que es una vulgar idiota!

—¡Ah, señora, nunca me permitiría publicar eso! —fueron las últimas palabras que Ransom oyó mientras cerraba la puerta del salón.










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