Las Bostonianas
Las Bostonianas —Tengo aún cincuenta cosas que hacer; debe usted excusarme. —Se sentÃa nervioso, inquieto, su corazón latÃa más aceleradamente que de costumbre; no podÃa permanecer quieto, y no tenÃa ningún escrúpulo por dejarla abandonada para que se defendiera por su cuenta del señor Pardon.
Este continuó la conversación, posiblemente esperando que en cualquier momento la señorita Chancellor y la señorita Tarrant hicieran acto de aparición.
—Han agotado todas las localidades; se espera una multitud inmensa. ¡Cuando al público de Boston se le mete algo en la cabeza…! —exclamó el señor Pardon.
Ransom deseaba únicamente retirarse, y a fin de facilitar las cosas, como si quisiera implicar un deseo de volver a verla, le dijo hipócritamente a la señora Luna desde el umbral de la puerta:
—DeberÃa usted ir esta noche.
—Yo no soy como el público de Boston. ¡Hay cosas que no me entran en la cabeza! —respondió.
—¿Quiere decir que no va a ir? —gritó el señor Pardon, con los ojos enteramente abiertos, y metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos—. ¿No la considera usted un genio extraordinario?