Las Bostonianas
Las Bostonianas Pasó y volvió a pasar frente al Music Hall, vio a Verena ampulosamente anunciada, contempló el panorama, la avenida que conduce hasta School Street, y todo aquello le pareció siniestro. El público no había aún comenzado a entrar, pero el lugar estaba preparado, y el intervalo sería demasiado corto. Así le parecía a Ransom, a la vez que deseaba inmensamente que la crisis hubiera ya tenido lugar. Todo lo que le rodeaba hacía referencia a la idea que palpitaba en su mente: la cuestión de si debía o no intervenir aún para evitar el salto de la joven al abismo. Le parecía que todo Boston iría a escucharla, o al menos todos aquellos a quienes veía por la calle; y había una especie de incentivo e inspiración en aquel pensamiento. La visión de arrancarla de aquella poderosa multitud, de abrirse paso entre la muchedumbre que lucharía por apoderarse de ella, lo volvió a reanimar. No sería demasiado tarde, aunque millares de ojos convergieran en Verena. Había comprado su billete por la mañana. Regresó a su hotel por un momento, el suficiente para arreglarse un poco y refrescarse con un vaso de vino. Luego volvió a dirigirse hacia el Music Hall y vio que la gente había comenzado a entrar, las primeras gotas de la gran corriente, entre las que había muchas mujeres. A partir de las siete los minutos habían transcurrido rápidamente; primero le había parecido que el tiempo no corría y ahora faltaba solo media hora. Ransom entró junto con los demás; sabía perfectamente cuál era su asiento; lo había elegido al llegar a Boston, entre los pocos que quedaban, con mucho cuidado. Pero en esos momentos, mientras permanecía allí bajo el techo de paneles, que se extendía sobre la línea compuesta de pequeñas lenguas de fuego que marcaban su unión con las paredes, se dio cuenta de que no tenía ninguna importancia, ya que con toda seguridad no iba a permanecer en su sitio. Él no formaba parte del público; era un individuo aparte, único, y estaba allí atendiendo un asunto personal. No le hubiera siquiera importado no haber reservado con anticipación un asiento si se le hubiera permitido comprar en el último momento un billete para permanecer de pie en los corredores. La gente comenzó a entrar en densas oleadas y dentro de poco tiempo no quedaría un solo asiento vacío. Ransom no tenía un plan definido; había querido más que nada entrar en el edificio, de modo que, ante la contemplación del campo de batalla, pudiera tomar una resolución. Nunca antes había estado en el Music Hall, y sus palcos elevados y los inmensos balcones impresionaron vivamente su imaginación. Hubo dos o tres momentos durante los cuales se sintió como podía sentirse un joven que en medio de un lugar público ha decidido, por determinadas razones, disparar una pistola contra un rey o un presidente.