Las Bostonianas
Las Bostonianas El lugar le impresionó por su amplitud romana; las puertas que daban a los corredores de los balcones superiores, que se abrían y cerraban constantemente dando paso a los espectadores y a los acomodadores, le recordaban los vomitoria sobre los que había leído en una descripción del Coliseo. El inmenso órgano al fondo del escenario, ocupado con filas de asientos para los coros y para las autoridades municipales, elevaba hacia la cúpula sus tubos brillantes y sus pináculos esculpidos, y algunos genios de la música o de la oratoria se erguían en el bronce monumental de la base. La sala tenía una capacidad tal y un aire tan solemne, y el auditorio crecía tan rápidamente, que Ransom calculó el número de individuos que podría contener cuando estuviese totalmente llena, y el valor de aquellas dos jóvenes, enfrentadas a una prueba tan tremenda, apareció ante él como algo realmente sublime, especialmente la consciente tensión de la pobre Olive, a quien no se le ahorraría ninguna de las ansiedades y temores, ninguno de los posibles accidentes y ningún cálculo de un posible fracaso. En la parte exterior del escenario había un alto escritorio, semejante al pódium de un director de orquesta, cubierto de terciopelo rojo, y junto a él una ligera silla ornamental, en la que estaba seguro que no habría de sentarse Verena, aunque con seguridad se apoyaría en determinados momentos en el respaldo. Detrás había una especie de semicírculo con una docena de sillones, que evidentemente habían sido colocados allí para los amigos de la conferenciante, sus sponsors y patrocinadores. El salón comenzó a llenarse de sonidos premonitorios; personas que hacían ruido al bajar los asientos, y muchachos que pregonaban: «¡Fotografías de la señorita Tarrant… una semblanza de su vida!» o «¡Retratos de la oradora… historia de su carrera!», que se perdían en aquella inmensidad. Antes de que Ransom se hubiera dado cuenta, varios de los sillones del fondo, detrás del escritorio de la conferenciante, fueron ocupados, y en cierto momento reconoció, a pesar de la distancia, a algunas de las personas que aparecieron. La mujer de porte erguido, con bandas de cabello brillante y cejas espesas que se percibían a distancia, no podía ser sino la señora Farrinder, mientras que el caballero sentado a su lado, con un abrigo blanco, un paraguas y una cara inexpresiva, era probablemente su marido, Amariah. En el extremo opuesto de la fila había otra pareja que Ransom, poco familiarizado con varios capítulos de la historia de Verena, advirtió sin sorpresa que eran la señora Burrage y su apuesto hijo. Por lo visto su interés por la señorita Tarrant no había sido solo un incidente momentáneo, ya que, al igual que él, habían hecho el viaje desde Nueva York para escucharla. Aquí y allá había otras personas desconocidas para nuestro joven, en el semicírculo; pero algunos de los sitios estaban aún vacíos (uno de los cuales estaría, desde luego, reservado para Olive), y Ransom pensó aun en medio de sus preocupaciones que uno de aquellos lugares debería permanecer así… es decir, vacío, para simbolizar la presencia espiritual de la señorita Birdseye.