Las Bostonianas
Las Bostonianas Compró una de las fotografías de Verena y la encontró desagradablemente mala, y compró también la semblanza de su vida (que muchas personas parecían estar leyendo en esos momentos), pero la guardó en el bolsillo para leerla después. Verena no estaba de ninguna manera presente para él en aquel despliegue mercantil y publicitario; a quien vio fue a Olive, luchando y sucumbiendo, haciendo todos los sacrificios hasta obtener el mayor auditorio de la ciudad, y cediendo a las peticiones de los grandes medios publicitarios. Si había luchado o no, lo cierto era que se producía un efecto de caza de dinero en todo aquel asunto que le hizo sentir las mejillas afiebradas y desear tener el dinero suficiente como para comprarle a todos aquellos muchachos vociferantes sus panfletos y fotografías. De repente las notas del órgano se expandieron por la sala, y se dio cuenta de que el preludio había comenzado. También eso le pareció un efecto barato, pero ya no esperó a considerar más tiempo sobre el particular; se levantó instantáneamente de su asiento (que había elegido al extremo de una fila) y llegó a una de las numerosas puertas. Aunque no se había trazado un plan definitivo tenía ahora por lo menos un impulso irresistible y sintió un ápice de vergüenza por haber titubeado durante un minuto. Había calculado que Verena, aún envuelta en los velos de misterio con que la cubría su compañera, no llegaría al escenario sino unos cuantos minutos antes de que llegara el momento de su presentación, así que no había perdido nada al esperar frente al escenario. Pero debía aprovechar ya la oportunidad. Antes de pasar de la sala al corredor se detuvo, y dando la espalda al escenario lanzó una mirada al público que se había congregado. Era extraordinariamente numeroso, y, bañado por la luz difusa de las lámparas de gas que caía desde una gran altura, inmerso en la densa atmósfera que se crea en tales lugares, parecía elevarse hacia lo alto en una compacta y formidable expectación. Ransom sintió un estremecimiento de inquietud ante su secreto propósito de quererlo privar de su entretenimiento, de su víctima; tuvo una vislumbre de la ferocidad latente siempre en una multitud que se siente engañada. Pero el pensamiento de aquel peligro solo le hizo apresurar el paso por aquellos feos corredores; sentía que su plan era en esos momentos bastante definido, y advirtió que ni siquiera necesitaba preguntar el camino para llegar a cierta puertecita (una o más de una) que intentaría abrir. Al comprar su entrada esa mañana se había asegurado de qué lado del escenario estaba situado el camerino de los cantantes y oradores y había elegido su asiento en aquella parte, así que no necesitó caminar demasiado para encontrarla. Nadie se interpuso en su camino, ni lo interrogó; los espectadores de la señorita Tarrant continuaban llegando a la sala (la ocasión debía de constituir, evidentemente, un triunfo sin precedentes), y ocupaban toda la atención de los acomodadores. Ransom abrió una puerta al final de un corredor y entró en una especie de vestíbulo enteramente vacío, salvo que en la segunda puerta, frente a él, se erguía una figura ante cuya vista tuvo que detener el paso. La figura era sencillamente la de un robusto policía, con casco y botones de latón, un policía que lo estaba esperando. Ransom advirtió eso al instante. En ese mismo espacio de tiempo supo que Olive Chancellor debía de haberse enterado de su llegada y había solicitado la protección de aquel funcionario, que estaba sencillamente haciendo la guardia a la entrada y estaba dispuesto a defender el lugar contra cualquier visitante. Había cierto elemento de sorpresa en eso, ya que habría supuesto que su nerviosa prima habría estado ausente de su casa durante todo el día, y lo habría pasado en el escondite de Verena. Sin embargo, la sorpresa no fue tanta como para interrumpir su camino por más de un instante; cruzó la habitación y se detuvo frente al centinela. Por un segundo ninguno de los dos habló; se miraron uno a otro con dureza, mientras Ransom oía el órgano más allá de la pared que lanzaba sus ondas sonoras por toda la sala. Parecían resonar muy cerca y todo el lugar vibraba. El policía era un hombre alto, de rostro anguloso y amarillento, con los hombros un poco caídos, y algo en la boca que le formaba una protuberancia en una mejilla. Ransom pudo ver de una simple ojeada que era un hombre muy fuerte, pero él no se consideraba menos. Sin embargo, no había ido allí para ofrecer una exhibición pugilística; un combate público por Verena no resultaba una idea atractiva, excepto, tal vez, después de todo, si él salía perdiendo, desde el punto de vista del nuevo sistema publicitario adoptado por Olive. Seguía sin decir nada, y el policía permanecía mudo, y había algo en el modo en que transcurría el tiempo y en la sensación que experimentaba nuestro joven de que Verena estaba separada solo por un par de ligeras paredes de madera, que le hizo sentir que también ella lo esperaba, pero en otro sentido; ella no tenía nada que ver con aquel despliegue de fuerza pública; ella sabría en un momento, por un golpe de intuición, que él estaba allí; se hallaba rezando para que llegara a rescatarla, a salvarla. Si Verena se hubiera tenido que enfrentar con Olive le habría faltado el valor, pero lo tendría si él llegaba a poner una mano sobre las suyas. Se le ocurrió que en ese momento no había en el mundo nadie tan inseguro con todo ese asunto como Olive Chancellor; era como si pudiera ver, a través de la puerta, el terrible modo en que los ojos de esta se fijaban en Verena, con el reloj en una mano, mientras la muchacha trataba de apartar la vista. Olive se habría sentido satisfecha si la joven hubiese podido comenzar antes de tiempo, pero por supuesto aquello era imposible. Ransom no hizo ninguna pregunta, le parecía una pérdida de tiempo; solamente le dijo, después de una breve pausa, al policía: