Las Bostonianas
Las Bostonianas —Me es necesario ver a la señorita Tarrant. ¿Sería tan amable de entregarle mi tarjeta?
El encargado de mantener el orden, bien plantado entre él y el pomo de la puerta, tomó de la mano de Ransom el cartoncillo, leyó atentamente el nombre que estaba escrito, le dio la vuelta y miró la otra cara; luego se lo devolvió a su interlocutor con estas palabras:
—Mire, creo que no le será de ninguna utilidad —observó.
—¿Cómo puede usted saberlo? No le compete negarse a mi solicitud.
—Tampoco creo que a usted le competa entrar aquí. —Luego añadió—: Usted es precisamente la persona a quien tengo órdenes de no permitirle el paso.
—No creo que la señorita Tarrant me haya prohibido el paso —repuso Ransom.
—No sé lo que piensa, pero no es ella quien ha alquilado el local, sino la otra… la señorita Chancellor. Ella es quien organiza esta conferencia.
—¿Y ha dado órdenes de que se me impida pasar? ¡Qué absurdo! —exclamó Ransom con indignación.
—Me dijo que usted no debería rondar por aquí; que tiene algo en mente. Creo que lo mejor será que esté tranquilo —dijo el policía.
—¿Tranquilo? ¿Es posible estar más tranquilo de lo que estoy ahora?