Las Bostonianas

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Ya para ese momento era perceptible cierta agitación; varias damas, impacientes por la prolongada espera, habían abandonado sus asientos para dirigirse directamente a la señora Farrinder, que estaba rodeada de un grupo de simpatizantes. La señorita Birdseye había renunciado; le había bastado con que la señora Farrinder anunciara, al ser presionada (si es que se podía decir que la anfitriona, extremadamente paciente, podía presionarla) con el argumento de la expectación general, que ella solo podía pronunciar sus mensajes a un público al que reconociera como parcialmente hostil. Allí no había hostilidad, sino, por el contrario, demasiada simpatía.

—Yo no necesito simpatía —dijo, con una sonrisa tranquila, dirigiéndose a Olive Chancellor—. Soy verdaderamente yo misma, me siento a la altura de la situación solo cuando veo erguirse frente a mí los prejuicios, el fanatismo, la injusticia, el conservadurismo, embistiéndome como un ejército. Entonces siento… siento lo que me imagino que Napoleón Bonaparte debe de haber sentido la víspera de alguna de sus grandes victorias. Debo tener frente a mí elementos hostiles. Me gusta derrotarlos.




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