Las Bostonianas

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Olive pensó en Basil Ransom y se preguntó si aquel podía ser un elemento hostil. Se lo mencionó a la señora Farrinder, quien expresó la esperanza de que si él se oponía a los principios tan caros al resto de los demás, podía ser inducido a tomar la palabra y testimoniar sus puntos de vista.

—Me sentiría feliz de poder replicarle —dijo la señora Farrinder con extrema suavidad—. Estaría encantada, en todo caso, de cambiar impresiones con él.

Olive se sintió profundamente alarmada ante la idea de un debate público entre esas dos poderosas personalidades (percibía que Ransom podía ser una personalidad poderosa), no porque dudase del feliz desarrollo, sino porque se encontraría en una falsa posición, por haber llevado allí a aquel joven ofensivo, y a ella le horrorizaban las falsas posiciones. La señorita Birdseye era incapaz de resentimiento; ella había invitado a cuarenta personas a escuchar a la señora Farrinder, y ahora la señora Farrinder se negaba a hablar. ¡Pero las razones que esgrimía eran magníficas! Había algo marcial y heroico en su pretexto, y, además, sus argumentos eran tan personales, tan sinceros, que la señorita Birdseye se sintió consolada, y se alejó, mirando a sus otros huéspedes vagamente, como si no los conociera del todo, mientras mencionaba, casualmente, las razones de su espera no gratificada, confiando, evidentemente, en que ellos estarían de acuerdo con ella.


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