Las Bostonianas

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—Por otra parte no podíamos pretender estar en desacuerdo, solo para provocarla, ¿no cree usted? —le preguntó al señor Tarrant, que permanecía sentado al lado de su mujer bastante consciente, aunque nada satisfecho, de su aislamiento de los demás asistentes.

—Bueno, no lo sé… Me imagino que todos aquí estamos de acuerdo —replicó aquel caballero dirigiendo la mirada a su alrededor y esbozando una sonrisa lenta y deliberada, que hacía que su boca pareciera enorme, dibujando a ambos lados dos enormes arrugas, tan largas como las alas de un murciélago, y mostrando un lote de grandes, iguales y carnívoros dientes.

—Selah —dijo la mujer, poniendo una mano sobre la manga del impermeable de su marido—, me pregunto si no le interesaría a la señorita Birdseye oír a Verena.

—Si piensan ustedes que debe cantar tengo que excusarme pero no poseo un piano —se sintió en el deber de responder la señorita Birdseye. Recordó en ese momento que la joven poseía un don natural.

—No necesita un piano, no necesita nada —aclaró Selah, sin poner atención aparentemente en las palabras de su mujer. Formaba parte de su actitud ante la vida demostrar que no le debía nada a nadie, ni siquiera una sugerencia, y que nada le sorprendía ni lo tomaba desprevenido.


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