Las Bostonianas
Las Bostonianas La pequeña doctora Prance había observado, con su robusto sentido común, que Verena era un poco anémica, y había insinuado que era una impostora. Sin embargo tenía ahora que demostrar el valor de su exhibición, pero en efecto era muy pálida, blanca como son siempre las mujeres que tienen ese tono rojizo en el cabello; por lo general parece que la sangre se les ha escapado. Sin embargo la belleza de la joven no tenía nada de mortecino; era fuerte y flexible, tenía ojos espléndidos y labios de color muy vivo, sus trenzas, recogidas en un complicado nudo, parecían irradiar el brillo de su naturaleza. Sus ojos eran extraños, luminosos y límpidos (su sonrisa parecía un reflejo de algo, el brillo de una piedra preciosa), y, aunque no era alta, lo parecía por el modo erguido en que levantaba la cabeza. Ransom hubiera creído que era una oriental si no fuera porque la tez de las orientales es más oscura, y si hubiera tenido una cabra la hubiera podido tomar por Esmeralda, aunque no tenía sino una idea muy vaga de quién pudiera ser Esmeralda. Llevaba puesto un ligero vestido marrón, cortado de una manera fantástica, con una chaquetilla amarilla y una gran franja carmesí alrededor del talle; en torno al cuello tenía un collar de ámbar de dos hilos, que le llegaba hasta el busto apenas pronunciado. Hay que añadir que, a pesar de su aspecto melodramático, nada hacía creer que su exhibición, fuera del tipo que fuese, pudiera resultar melodramática. Se mantenía muy tranquila ya para ese momento (había cerrado el amplio abanico) y su padre continuaba el misterioso proceso de serenarla. Ransom se preguntaba si no estaría tratando de hacerla dormir; durante algunos minutos los ojos de la muchacha permanecieron cerrados; oyó que una dama sentada cerca de él, familiarizada por lo visto con aquellas sesiones, comentó que estaba a punto de entrar en trance. Por el momento la exhibición no tenía nada de excitante, aunque desde luego era bastante agradable tener frente a sí a una muchacha tan bonita como si fuera una estatua viva. El doctor Tarrant no miraba a nadie mientras colocaba a su hija en aquel estado de pasividad, sus ojos permanecían fijos en una esquina de la sala y él sonreía hacia arriba, como hacia una imaginaria galería.