Las Bostonianas
Las Bostonianas Verena Tarrant se levantó y se dirigió hacia su padre, que estaba en el centro de la sala; Olive Chancellor se abrió paso en medio de la gente y volvió a ocupar su sitio al lado de la señora Farrinder, el sitio en el sofá que la muchacha había abandonado, mientras los otros invitados de la señorita Birdseye se acomodaban cuidadosamente en los asientos, o permanecían de pie apoyados contra la pared. Verena tomó las manos de su padre, sin mirarlo a la cara, con los ojos dirigidos hacia la asamblea; un instante después su madre se puso de pie y con un extraño suspiro se levantó de la silla donde hasta entonces había permanecido sentada. Alguien le buscó otro asiento, mientras Verena, llevada de la mano de su padre, se sentó en la silla que este le señalaba. Permaneció sentada allí, con los ojos cerrados, mientras el padre ponía las manos largas y huesudas sobre su cabeza. Basil Ransom observó estos preparativos con mucho interés, pues la muchacha le divertía y le gustaba. Tenía más color que cualquiera de las otras personas allí reunidas, como si todo lo que de brillante hubiese podido existir en la colección humana más bien alicaída y opaca de la señorita Birdseye se resumiera en aquella atractiva y ambigua joven. En cambio no había nada ambiguo en su padre; Ransom sencillamente lo había detestado desde el momento en que abrió la boca; le era inmensamente familiar, es decir, no él sino su tipo; era sencillamente un detestable aventurero del Norte. Era falso, astuto, vulgar e innoble; la especie más barata del mercado humano. Era bastante desconcertante saber que era el padre de aquella joven delicada y bonita y al parecer inteligente. La madre, pálida y robusta, que permanecía sentada en un rincón, tenía más el aspecto de una dama; pero si lo era, entonces resultaba mucho más vergonzoso que se hubiera casado con aquella especie de lacayo, se dijo Ransom, haciendo uso, según su costumbre, de términos de oprobio extraídos de la antigua literatura inglesa. A menudo se había encontrado con los Tarrant o sus equivalentes; los había flagelado siempre, por lo menos eso creía, en mil y una polémicas sostenidas durante las asambleas políticas en las destruidas ciudades del Sur, durante el terrible período de la reconstrucción. Si la señora Farrinder consideraba a Verena como una farsante, debía concedérsele alguna excusa, ya que la misma impresión le había producido la joven a Basil Ransom. Nunca antes había visto una mezcla semejante de elementos extraños; su cara era dulce y angelical, y sin embargo, había en ella algo exhibicionista, como si perteneciera a alguna troupe o viviera entre candilejas, que se transparentaba hasta en los menores detalles de su atavío, confeccionado evidentemente con el propósito de obtener efectos teatrales. Si en ese momento hubiese sacado un par de castañuelas o un tamborcillo, él habría considerado que tales accesorios estaban perfectamente de acuerdo con el resto.
