Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía La teoría de la estupidez de ella, subscrita por sus padres andando el tiempo, correspondió a un gran momento de su pequeña vida tan queda: al de la completa percatación, íntima pero concluyente, del extraño oficio que ella desempeñaba. Fue literalmente una revolución moral y se produjo en lo más profundo de su naturaleza. Las rígidas muñecas de los estantes tenebrosos comenzaron a mover los brazos y las piernas: antiguas formas y fases comenzaron a tener para ella un sentido que la aterrorizó. Ella conoció una sensación nueva: la sensación del peligro; ante la cual surgió un remedio nuevo para hacerle frente: la idea de una vida interior o, en otras palabras, la oportunidad de ocultarse. Coligió mediante señales imperfectas, pero con un espíritu prodigioso, que ella había sido un depósito del odio y una mensajera del insulto, y que si todo iba mal era porque ella había sido utilizada para que así fuera. Sus abiertos labios se cerraron apretadamente con el firme propósito de no volver a dejarse utilizar. Lo olvidaría todo, no repetiría nada, y cuando, como tributo a la consumada puesta en práctica de su método, empezaron a llamarla pequeña idiota, degustó un placer nuevo e intenso. Cuando consiguientemente, conforme fue creciendo, en sus propias narices sus padres proclamaban por turno que se había vuelto escandalosamente dura de mollera, aquello no era producto de ninguna disminución auténtica de la pequeña corriente de la vida de la niña. Ella les arruinó la diversión, pero a cambio era ella quien la experimentaba. Cada vez entendía más: llegó a entender demasiado. Fue la señorita Overmore, su primera institutriz, quien en una ocasión trascendental sembró la semilla del secretismo de Maisie: la sembró no mediante algo que dijese, sino mediante un simple gesto de esos hermosos ojos suyos que Maisie ya admiraba desde hacía tiempo. Moddle se había convertido a estas alturas, después de varias alternancias de residencias de las que la niña no guardaba un recuerdo preciso, en una imagen vagamente momificada en la remembranza de hambrientas ausencias súbitas de la habitación de la niña y de embarazosas equivocaciones en el abecedario, tristes momentos de turbación, en particular, cuando se instaba a Maisie a reconocer algo que su niñera describía como «la importantísima letra hache». La señorita Overmore, por hambrienta que se sintiera, jamás se ausentaba de la habitación de la niña; de alguna forma ello la emplazaba en una categoría superior, y tal superioridad se veía confirmada por una hermosura que Maisie suponía extraordinaria. La señora Farange había descrito a la institutriz como casi demasiado guapa, y alguien había preguntado que qué más daba aquello ahora que Beale ya no vivía allí.