Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Maisie ignoraba el paradero de la sensatez de las personas, pero bastante pronto supo muy bien los nombres de todas las siete hermanas: era capaz de recitarlos con bastante más soltura que la tabla de multiplicar. Cavilaba en privado, ítem más, aunque nunca llegara a indagar sobre la cuestión abiertamente, acerca de la referida rematada pobreza, de la cual tampoco hablaba nunca su compañera. De cualquier forma la comida siempre hacía acto de presencia merced a leyes misteriosas: la señorita Overmore no se ponía nunca, como sí se lo había puesto Moddle, un delantal, y cuando comía alzaba el tenedor manteniendo el dedo meñique ligeramente extendido. La niña, que la observaba atentamente en numerosas circunstancias, la observaba especialmente en ésta. Y le decía a menudo: «Me pareces preciosa»; ni tan siquiera mamá, que también era preciosa, sabía manejar el tenedor con tanto donaire. Maisie asociaba aquella presencia más atractiva dentro de su hogar con que ahora ella era «más mayor», sabiendo por descontado que las institutrices eran únicamente para las niñas pequeñas que no eran, como decía ella, «realmente» pequeñas. Sabía también vagamente, de algún modo, que el futuro iba a ser aún mayor que ella misma, y que parte de lo que lo volvería así era el número de institutrices que acechaban en él y que luego irían a esfumarse oportunamente. Todo lo que había sucedido cuando ella era realmente pequeña yacía ahora en la sombra, todo excepto la firme certidumbre, inculcada desde largo tiempo atrás por Moddle, de que el natural modo de que una niña se relacionara con sus padres era por separado y por turnos, como ocurría en las relaciones de una niña con el filete y el postre o el baño y el sueño.