Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Evidentemente la Condesa había apreciado el regalo: había numerosos espacios vacíos —desolación que ahora no se vio atenuada entre las filas. Incluso mientras aguardaban juntos Maisie tuvo su habitual sensación, que era el marchamo de aquello en que había terminado convirtiéndose su mutuo alejamiento, de haber crecido para él —desde la última vez que él había, por así decirlo, reparado en ella, y por un incremento en la edad y en la estatura y tal vez por otras cosas— pasando a ser en mucho mayor grado una personita a la que había que tener en cuenta. Sí, esto constituía parte de esa decidida turbación que él disimulaba a base de mostrarse casi desquiciadamente tierno. Hubo un momento en que, en un sofá de seda amarilla bajo una de las palmeras, él la sentó sobre sus rodillas acariciándole el pelo, jugando cariñosamente con ella mientras mostraba sus resplandecientes colmillos, y la dejó inhalar, con un impreciso, afectuoso, desmañado, inmotivado «Preciosa niña, querida hijita», la fragancia de su dilecta barba. Ella habría debido sentir pena de él, según reflexionó posteriormente, dado lo bien que pudo percatarse internamente de las dificultades con que él estaba topándose para aclararle abiertamente alguna cosa. Ella poseía tal capacidad de vibrar, de mostrarse receptiva, que no hacía falta más para realmente resarcirla de lo que le era omitido. Las lágrimas acudieron a sus ojos al igual que cuando aquel día en Hyde Park el Capitán le había dicho tan «espléndidamente» que su madre era buena. ¿Qué era lo presente sino también espléndido?: esta bondad aún más directa de su padre y esta inigualada soledad rutilante con él, en la que había desaparecido todo excepto el pensamiento de que él era papá y era magnífico. No estropeó esa felicidad el hecho de que definitivamente ella intuyera que él debía de abrigar, toda vez que se mostraba inquieto, algún propósito que no acababa de ver cómo sacar a la luz, pues en el resurgimiento de su mutua camaradería ella estuvo dispuesta a colaborar alegremente en la insinuación por parte de él, o inclusive en su fingimiento, de que la relación entre ellos dos era fácil y venturosa. En él había al o que semejaba, y de un modo harto conmovedor, solicitarle que lo ayudara a fingir: a fingir que él estaba al tanto de la vida y la educación de ella, de sus medios de subsistencia y su opinión sobre él mismo, con el fin de conferirles un desenvuelto tono familiar a esos asuntos que él no lograba plantearle. Ella se habría entregado extasiada a tal fingimiento sólo con que él hubiera sabido apuntarle alguna clave. Ella permaneció a la espera de ésta mientras, por entre sus grandes dientes, él exhalaba suspiros de cuya estupidez ella no se percataba. Y como si, aunque él era tan estúpido en toda faceta, sin embargo hubiera permitido que la emotiva efusión de los ojos infantiles lo hiciera saber que estaba dispuesta a cualquier cosa, él perdió completamente el hilo, preguntándose en qué diablos podría tomar pie para comenzar.


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