Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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La morena dama semejó casi tan atónita, aunque desde luego no tan alarmada, como cuando, en la Exposición, se había quedado boquiabierta ante el rostro de la señora de Beale. A decir verdad también Maisie casi se quedó ahora boquiabierta ante el de ella; y ello fue al darse cabal cuenta de que la dama era de veras morena. Literalmente la niña tuvo la sensación de hallarse más bien ante un animal que ante una «auténtica» dama: muy bien habría podido tratarse de un inteligente caniche rizoso con una chorrera o de un terrible mono humano con faldas de lentejuelas. Tenía una nariz desaforadamente enorme y unos ojos desaforadamente diminutos y un bigote, vaya, no tan agraciado como el de Sir Claude. Beale se adelantó a su encuentro; al mismo tiempo, para asombro de la niña, si bien como si fuese consecuencia de una rápida intensidad de determinación, la Condesa avanzó con la misma jovialidad que si, durante mucho tiempo, nada embarazoso le hubiera acontecido a ninguno de ellos. Maisie, aunque ampliamente familiarizada con tales fenómenos, jamás había visto tanta soltura para dar por sentado que no se iba a aludir a nada embarazoso. Al instante siguiente la Condesa ya la había besado y exclamado para Beale con espléndida recriminación afectuosa:

—¡Caramba, no me habías contado ni la mitad! ¡Mi querida niña —exclamó—, eres extraordinariamente amable viniendo!


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