Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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—¿A Spa? —La niña repitió el nombre para ganar tiempo, para no exteriorizar hasta qué punto la Condesa le había ocasionado la resurrección del tenue recuerdo de una extraña mujer con una cara feísima que una vez, hacía años, en el ómnibus, inclinándose hacia ella desde el asiento de enfrente, de pronto había sacado una naranja y murmurado: «¿Te apetece, preciosidad?». En aquel entonces ella había sentido, por alguna razón, un injustificado terror infantil, si bien posteriormente cobró conciencia de que su interlocutora, desgraciadamente horrible, había deseado precisamente ser agradable. Tal era asimismo el deseo de la Condesa; y sin embargo las pocas palabras que había pronunciado y la sonrisa con que las había pronunciado lo habían dejado todo resuelto inmediatamente. Oh no, no le haría ilusión ir a ninguna parte con ella, pues su presencia había disipado ya, en unos pocos segundos, la feliz impresión causada por el salón y puesto fin al placer originado por el dominio de Beale sobre dicha elegancia. No había ningún dominio de ninguna elegancia en el hecho de que él la hubiera expuesto a ella a la proximidad de aquella rechoncha y bigotuda mujer mimosa en la que ahora ella no podía menos que identificar a la única persona absolutamente desprovista de atractivos involucrada en alguna de las relaciones íntimas de cuyo crecimiento hubiera sido testigo el círculo inmediato de su vida. Por otra parte ella estaba avergonzada, empero, de haber semejado pesar en la balanza el lugar al que acababa de ser invitada; así que agregó con la mayor celeridad posible—: Pero ¿no era a Estados Unidos? —Ante esto, la Condesa le dedicó una penetrante mirada a Beale, y Beale, bastante donosamente, preguntó qué diantres importaba el lugar toda vez que ella ya lo había hecho entender que no deseaba tener nada que ver con ellos. A esto siguió entre los dos adultos un pasaje cuyo sentido quedó sepultado para la niña por el creciente rumor interior de su propio deseo de marcharse de allí… si bien posteriormente fue capaz de intuir que su padre debía de haberle declarado a su amiga que era inútil argumentar, que ella era una puerquita testaruda y que, aparte, ya era lo bastante mayor para elegir por sí sola. De hecho vislumbró la posibilidad de haber fracasado miserablemente en su intento por ser irreprochablemente no descortés, ya que antes de poder darse cuenta ya había brindado la perceptible impresión de que si no la dejaban irse a casa comenzaría a llorar. Oh, si alguna vez había habido algo por lo que llorar era por fracasar tan consciente y bobaliconamente a la hora de estar a la altura de los más hermosos ofrecimientos que jamás habían podido serle hechos a nadie. Lo más doloroso era que ella advertía que la Condesa la apreciaba lo bastante para desear ser apreciada en correspondencia, y era de la posibilidad de volver a esta casa de lo que ella anhelaba escabullirse absolutamente. Fue la posibilidad de volver a esta casa lo que cuando estalló entre la pareja una algarabía de palabras subidas de tono le puso en los labios con el temblor que precede a una catástrofe—: ¿Puedo, por favor, irme a casa en un carruaje? —Sí, la Condesa la quería y la Condesa se sentía herida y lastimada, y ella no podía remediarlo, y todo era tanto más horrible cuanto que ello no hacía sino que la Condesa se volviera más zalamera y más imposible. Lo único que acaso los sostuvo hasta que se presentó el carruaje —enseguida Maisie se convenció de que sí se presentaría— fue que de algún modo flotaba en el ambiente la sensación de que Beale había conseguido lo que se había propuesto. Él salió a buscar un vehículo: los criados, dijo, ya se habían acostado, mas ella iba a llegar a casa a la hora debida. La Condesa se fue del salón con él, y, sola en posesión de la habitación, Maisie esperó que aquélla no volviera. La culpa de todo la tenía su cara: la niña sencillamente no podía mirarla y contemplar tamaña expresión. Asimismo bastó un instante para que dicha expresión contaminara todos aquellos preciosos objetos; bastó un instante para que ella no tuviera más remedio que aceptar que a su padre le gustaba una mujer respecto de la cual ella estaba cierta de que no le habría gustado a su madre, ni a la señora de Beale, ni a la señora Wix, ni a Sir Claude, ni al Capitán, ni siquiera al señor Perriam y a Lord Eric. Tres minutos más tarde, en el piso de abajo, con el carruaje a la puerta, quizá como una terminante confesión de no tener mucho de lo que preciarse, él se las arregló, al despedirse de ella, para abrazarla sin dejarla verle el rostro. En cuanto a ella, era tal su ansiedad por marcharse que la separación no le evocó ningún recuerdo, ni siquiera el de uno solo de todos los «nonas» que hacía un momento, como penalización por no aferrarse a él, él le había contestado ante su pregunta referente a la factibilidad de volver a verlo. En la Condesa había algo que lo volvía todo falso, incluso sus grandes negocios en Estados Unidos y más aún aquella primera sensación de superioridad sobre la señora de Beale y sobre mamá emblematizada en las porcelanas de Sèvres y las cajitas de plata. Éstas existían, pero quizá no existiesen los grandes negocios en Estados Unidos. Mamá había conocido a una norteamericana que no se parecía en nada a ésta. Aquélla no era, sin embargo, de noble rango: su nombre era simplemente señora Tucker. Empero el retraimiento de Maisie habría sido más completo de no haber tenido que exclamar súbitamente—: ¡Cielos, no tengo dinero!


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