Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Aquel dinero era excesivo incluso para una tarifa de fábula, y en ausencia de la señora de Beale, quien, pese a que la hora era ya avanzada, aún no había regresado a Regent’s Park, Susan Ash, en el vestíbulo, con una voz tan alta como baja fue la de Maisie y mostrándose tan audaz como sumisa se mostró la otra, extrajo, de entre el espectáculo ofrecido bajo la tenue vigilia de una lámpara que resultó un vivo contraste con el anterior escenario pleno de luces, la media corona que el poco ceremonioso cochero había decretado lo mínimo con que se conformaría. Al parecer la señora de Beale tardaría aún en presentarse, y entre tanto Maisie fue persuadida por la rauda Susan no sólo de irse a la cama como una niña buena, sino también de, a guisa de una aún más pletórica manifestación de tal carácter, destinar al pago de servicios tanto generales como particulares uno de los soberanos del ordenado surtido que, sobre el tocador del piso de arriba, naturalmente no le había resultado menos deslumbrante a una pobre sirvienta huérfana que a la inspiradora de las maniobras de un cuarteto de padres. Dicha inspiradora acabó por dormirse con su capital envuelto en un pañuelo anudado, el mayor que se pudo encontrar y cobijar bajo su almohada; pero las explicaciones que a la mañana siguiente fueron inevitablemente más completas ante la señora de —Beale de lo que lo habían sido ante la amiga humilde, encontraron su culminación en una renuncia asimismo más adecuadamente completa. Por cierto que había explicaciones que la señora de Beale tuvo que dar no menos que pedir, y la más notable de ellas versó sobre que por parte de una niña estaba feísimo aceptar dinero de una mujer que sencillamente constituía la abominación de su sexo. Los soberanos fueron examinados con cierto detenimiento, el resultado de lo cual, empero, fue hacer que la autora de aquella afirmación deseara saber qué podía considerárselos, si realmente se ahondaba en la cuestión, sino la expiación del pecado. Su compañerita ahondó en la cuestión meramente hasta el problema de lo que en tal caso debía hacerse con ellos; ante lo cual la señora de Beale, que a estas alturas ya se los había guardado en el bolsillo, contestó con dignidad y con la mano sobre dicho receptáculo:


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