Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía La segunda separación del lado de la señorita Overmore había sido bastante penosa, pero esta primera separación del lado de la señora Wix fue mucho peor. La niña había ido al dentista últimamente y dispuso así de un término de comparación para la dolorosa intensidad de la escena. Ésta fue terriblemente silenciosa, igual que lo había sido cuando le sacaron el diente: en aquella ocasión la señora Wix le había cogido la mano y se habían asido la una a la otra en el frenesí de su mutua resolución de no gritar. En la consulta del dentista, Maisie se había mostrado heroicamente firme, pero justo cuando más angustia había sentido, había percibido un audible grito proferido por su compañera, el espasmo de una solidaridad reprimida. Este se vio reproducido en el único sonido que interrumpió el supremo abrazo de ambas cuando, un mes más tarde, el «convenio», tal como llamaban a los cíclicos desarraigos, hizo el mismo papel que entonces el terrible fórceps. Incrustada como estaba ella en la naturaleza de la señora Wix, tal como había estado implantado el diente en la encía, la operación de extraerla habría precisado verdaderamente la participación del cloroformo. Se trató de un afectuoso abrazo que por fortuna hizo innecesarias las palabras, pues en este momento la pobre mujer pareció tan desprovista de ellas como lo estaba de todo en la vida. El progenitor de Maisie que venía a tomar el relevo, emplazado en la zona más exterior del vestíbulo —lo encantaba la impertinencia de trasponer hasta ese punto el umbral de su exmujer—, las observaba con el reloj abierto en una mano y una burlona sonrisa aún más abierta en el semblante, mientras que por el único rabillo del ojo que no le era tapado por algún elemento de la persona de la señora Wix la niña veía estacionado a la puerta un carruaje brougham dentro del cual estaba también aguardando la señorita Overmore. Maisie se fijó en la diferencia que había ahora respecto de cuando, seis meses atrás, ella había sido arrancada del seno de esta protectora caracterizada por un mayor arrojo. La señorita Overmore, también entonces en el vestíbulo —pero en el de la otra casa, naturalmente—, se había mostrado absolutamente audible y expresiva: su protesta había resonado bravamente y había declarado que algo —su discípula no supo exactamente el qué— era una vergüenza que clamaba a todos los cielos. Aquello había despertado entonces en Maisie el vago recuerdo del lejano momento del gran arrebato irrespetuoso de Moddle; por lo visto siempre había alguna que otra «vergüenza» involucrada de algún modo en sus migraciones. En este instante, mientras los brazos de la señora Wix la estrechaban y los cabellos de ésta desprendían un fuerte aroma, Maisie recordó incluso cómo papá, para sosegar a la señorita Overmore aquella vez, había hecho uso de las palabras «¡Preciosa de mi alma!»: una expresión que, debido a su carácter insólito, había quedado fuertemente impresa en su mente infantil, donde por ende la tal expresión se había encontrado con sitio ya preparado gracias a lo que ella ya sabía de la institutriz a quien ahora en su fuero interno siempre distinguía como la hermosa. Maisie se preguntó si aquel afecto paterno hacia la institutriz hermosa habría resistido el transcurso del tiempo; en todo caso la hermosura que Maisie veía en el rostro que brillantemente asomaba en la ventanilla del brougham sí que era la misma de antaño.
