Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía ¡Oh, vaya travesía para los enderezadores y el viejo vestido marrón (pertenencia ésta que la niña imaginaba que habría sido precavidamente desempolvada por razón de los posibles imprevistos de todo viaje)! Por la noche arreció el viento y desde su pequeña habitación del hospedaje Maisie escuchó el bramido del mar. Al día siguiente llovía y todo estaba distinto: éste era el caso incluso de Susan Ash, quien decididamente se entusiasmó con aquel mal tiempo, en parte, por lo visto, porque la alegraba el peliagudo viaje que a través del Canal debería realizar la visitante que aguardaban, y en parte porque le permitía recalcar la locura que constituía el viajar hasta semejantes lugares de mala muerte. Bajo la lluvia, junto con Sir Claude, Maisie se encaminó a esperar el paquebote de Folkestone y cuando éste llegó, con muchas señales de su lucha con el mar, él la hizo quedarse aguardando bajo un paraguas en el muelle; desde allí y casi antes de que la embarcación atracara, él pudo ser avistado, buscando a su mutua amiga, escurriéndose —ése fue el término que empleó él— entre los mareados pasajeros apelotonados en cubierta. Transcurrió bastante rato antes de que él reapareciera (de hecho esto no ocurrió hasta que hubieron desembarcado todos los demás pasajeros); y cuando lo hizo presentó a la receptora de su caballerosidad bajo una luz que Maisie apenas supo si considerar un abismo de abatimiento o una ebriedad de euforia. La mujer que él llevaba del brazo, todavía aturrullada por el reciente calvario atravesado, iba envuelta en tal cantidad de ropajes como nunca anteriormente habían ofrecido tantísima protección a tantísima indisposición. En el hotel, una hora más tarde, desapareció aquella duda: ayudando en privado a la señora Wix a reponerse y adecentarse, Maisie la oyó detallar lo poco que ella habría logrado si Sir Claude no lo hubiera puesto en sus manos. Fue una expresión que en su propia habitación reiteró a propósito de las más dispares cosas: lo que él había puesto en sus manos había sido la potestad de hacer sobrevenir «cambios», como dijo ella, de la más íntima índole, adaptados a climas y ocasiones lo bastante diferentes como para prefigurar por sí solos las etapas de un vasto itinerario. Naturalmente se presentarían semanas frugales después de tanto dinero invertido en una institutriz: inversión no lamentada, empero, por la educanda de esta mujer, ni siquiera cuando se dio cuenta de que su propia apariencia externa suscitaba, al otro lado de los enderezadores, una atención manifiestamente perpleja. Cierto es que Sir Claude le había consagrado menos tiempo a dicha apariencia que a la señora Wix; y, aparte, ella prefería estar en sus propios zapatos antes que en los nuevos y crujientes de su amiga ante la eventualidad de un encuentro con la señora de Beale. Maisie se sintió demasiado absorta en considerar el juicio que se formaría la señora de Beale sobre tantísima novedad como para poder formarse un juicio por su cuenta. Además, después de un abundante almuerzo y muchas expresiones afectuosas, la cuestión asumió otro cariz, por no hablar de la satisfacción que experimentó la niña al caer raudamente en la cuenta de que podría mostrarles aquellos nuevos lares a unos ojos distintos de los de Susan Ash. Pero no había demasiado que se pudiera mostrar, ay, hasta que cesara de llover, cosa que se negó a suceder aquel día; mas esto no tuvo otra consecuencia que dejar más tiempo para lo que a su vez tenía que mostrar la propia señora Wix. Lo mostró mientras estaban sentados en el saloncito blanco y dorado que Maisie consideraba el sitio más bonito que jamás había visto con la posible excepción de los aposentos de la Condesa; lo mostró mientras la sañuda tormenta estival azotaba las ventanas y hacía correr un aire tan frío que Sir Claude con sus manos en los bolsillos y su cigarrillo entre los dientes, agitado, cejijunto, yendo y viniendo de su asiento a la ventana, terminó por hacer arder un humeante fueguecito en la elegante chimeneíta. Lo mostró a despecho de algo que sólo cabría describir como la pinta masculina de desear posponer aquello: una pinta que a él le había servido —¡oh, de cuánto le servían siempre sus pintas!— hasta el extremo de preservar en un terreno de inocuas bromas y perogrulladas la conversación durante un par de horas, mantenerla al nivel de las vacías tacitas de café y petits verres (¡la señora Wix participó dos veces de ambos refrigerios!) que a Maisie le parecieron más que cualquier otra cosa, entre las emanaciones del fuego francés y del tabaco inglés, una señal de que verdaderamente estaban lanzados en una aventura. Ahora Maisie percibió, gracias a la cercanía y con tanta claridad como si se lo hubiera dicho explícitamente la señora Wix, que para lo que había acudido esta mujer no era para limitarse a escuchar chanzas hechas a su costa y a la de su educanda; ni tan siquiera para oír a Sir Claude, que sabía francés a la perfección, remedar los extraños sonidos emitidos por los ingleses alojados en el hotel. Acaso fuera parcialmente consecuencia de sus presentes renovaciones, como si su vestuario hubiera sido el de otra persona: en cualquier caso la señora Wix nunca había producido tal impresión de color intenso, de una rojez que en esa intensidad la mente de Maisie asoció tanto con el sarampión como con «trajes de montar». Su atención no estaba en absoluto pendiente de aquella charla inconsistente a propósito de Boulogne; y aunque su tez era parcialmente resultado del almuerzo francés y de los petits verres, asimismo era el valiente anticipo de lo que ella había acudido a decir. Cuando por fin esto último salió a la luz Maisie fue consciente de todo el anhelo con que había estado aguardándolo el más joven de los miembros del grupo: