Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Continuó lloviendo tan copiosamente que el sueño secreto de nuestra pequeña de enseñarle el Continente a su visitante hubo de incluir una cláusula para una adecuada acomodación a las circunstancias climáticas. En la table d’hôte aquella noche ella exhibió parte de su erudición: ésta era la segunda ceremonia de ese género en la que participaba, y habría negligido su privilegio y desacreditado su vocabulario —que de hecho estaba fundamentalmente compuesto por los nombres de los diversos platos— si no hubiese sido proporcionalmente capaz de mostrarse deslumbrante con sus aclaraciones. Abatida y preocupada, la señora Wix estuvo aparentemente decaída: aceptó la interpretación que le dio su educanda de los misterios del menú de un modo que la niña habría podido considerar el retraimiento de una credulidad que se hubiese percatado no tanto de sus propias carencias cuanto de sus propias dimensiones. Maisie se vio bien pronto —aunque ello no sucedió hasta muy poco antes de irse a la cama— confrontada nuevamente con el asaz distinto tipo de programa para el cual la señora Wix había estado reservando su labor de crítica. Juntas volvieron a subir las escaleras hacia su sala de estar privada mientras que Sir Claude, que dijo que se reuniría con ellas más tarde, se quedó abajo para fumar y conversar con algunos de esos viejos amigos que reencontraba por doquier. A sus compañeras les había propuesto, para tomar el café, el disfrute del salon de lecture, mas con prontitud y con cierto tonillo impertinente la señora Wix había respondido que se le antojaba que sus propios aposentos les ofrecían todas las comodidades. Dichos aposentos le ofrecían a la propia buena mujer, observó enseguida Maisie, no sólo la comodidad de decir una frase tan marcadamente grandiosa como aquélla, la cual —en emulación, hasta donde ello era posible, de su educanda— pronunció como si se hubiese pasado toda la vida en suntuosos salones; sino también la de un rígido sofá francés donde pudo sentarse a contemplar fijamente la tenue lámpara francesa, dada la incompetencia del parado reloj francés, como para medir el tiempo que tan perceptiblemente dejaba pasar Sir Claude antes de la entrevista. Tan claramente la expresión del semblante de la señora Wix lo acusaba de insubordinación, que Maisie se propuso entretenerla con un informe de la curiosa postura de Susan respecto de la resolución adoptada tras el almuerzo. Por pura compasión Maisie le había referido a la doncella el proyecto de relevarla, pero por lo visto su desaprobación del modus vivendi extranjero resultó, por extraño que parezca, ni más ni menos que otro motivo para acrecentar su desesperación; de modo que entre los esfuerzos de la señora Wix por sustituirla y la visible rigidez de su columna vertebral en este momento, la niña tenía la sensación de cumplir una doble función de mediadora entre dos potencias.


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