Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Claro está que no podía ser definitivo ni tan siquiera prolongarse durante muchos segundos nada tan terrible: de nuevo se precipitaron una en brazos de otra demasiado pronto como para que ninguna de ellas pensara que la otra abrigaba cualquier resentimiento, y aunque retornaron en silencio a su alojamiento, por parte de Maisie fue con la vívida sensación de que la mano de su compañera la aferraba estrechamente. Aquella mano había demostrado en conjunto, durante estas últimas veinticuatro horas, una inédita capacidad para aferrar, y una de las verdades a las cuales menos pudo sustraerse la niña fue que ahora la señora Wix se había revestido de una cierta grandiosidad. De hecho lo cierto era que el valor de los motivos que la impulsaban superaba la rudeza de determinadas aristas; tanto la combinación como la singularidad de ambos elementos, cuando por la tarde cogieron el carruaje, pudo apreciarlas Maisie en toda su amplitud aprovechando un silencio dedicado a la contemplación del grandor de los susodichos elementos. En ella eran todavía visibles las magulladuras del tono con que su amiga había lanzado aquella amenaza de nunca perderla de vista. En resumidas cuentas dicha amiga había pasado de la debilidad a la fuerza; y era la luz de su novedosa autoridad lo que denotaba cuánto camino había recorrido. La amenaza de marras, bruscamente exultante, habría podido ocasionar una reacción de insolencia; mas antes de que pudiese acontecer algo tan desagradable, otra distinta reacción había obliterado insidiosamente la reacción precitada. El instante en que aquella distinta reacción comenzó a entrar en sazón fue cuando la señora Wix expuso sus impresiones con un poderío ahora perceptiblemente adquirido y con una dignidad en consonancia con sus aposentos. Después del almuerzo habían ordenado el café, ateniéndose al espíritu de las disposiciones de Sir Claude, y les fue servido en el saloncito blanco y dorado mientras aguardaban el vehículo. El café llegó flanqueado, además, por un par de copas de licor, y Maisie sintió que difícilmente habrían podido tomarle más la palabra a Sir Claude si esto hubiese sido seguido por un rato de cigarrillos y anécdotas. En todo caso la influencia de estos lujos se sintió en el ambiente. Mientras se colocaba de puntillas ante el espejo de la chimenea, enfundándose los guantes y haciendo un movimiento de cabeza para emplazar una pluma en el sitio debido, se le antojó que esa influencia tuvo algo que ver con el hecho de que repentinamente la señora Wix dijera:


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