Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Maisie fue consciente de que su respuesta, aun cuando la hizo volver a apoyarse con toda la planta de los pies, fue de una imprecisión rayana en la imbecilidad, y de que era la primera vez que parecía poner en práctica ante la señora Wix la deficiencia intelectual para la comprensión, aquella cortedad que ante papá y mamá le reportara tanto provecho. Tal apariencia no se correspondió con la realidad, pues no fue en menor medida debido a su propia sinceridad que a las insistencias de su compañera de juegos por lo que tras esto la idea de lo que es un sentido moral tiñó preponderantemente sus relaciones. Al principio, apenas si la pobre niña supo en qué consistía el dichoso sentido moral; pero resultó ser algo con lo cual, sin apenas signos exteriores excepto el abandonarse al movimiento del carruaje, ella logró entablar, antes de que retornaran de aquel paseo, una especie de amistad. La belleza del día no hizo sino acrecentarse, así como el esplendor del mar en la tarde, y la neblina de los distantes promontorios, y la sensación de la acogedora atmósfera. En realidad el cochero fue quien, sonriendo y chasqueando el látigo, volviéndose hacia ellas, señalando hacia objetos invisibles mientras emitía sonidos ininteligibles (todo ello, según identificaron nuestras turistas, rasgos característicos de un orden social principalmente consagrado al cultivo del lenguaje); este cordial individuo fue, digo, quien hizo que la excursión fuese tan breve que al regreso les quedó todavía un dilatado lapso de tiempo antes de que anocheciera y un rato que, por amable sugerencia del propio cochero, ellas transcurrieron paseando a pie por la brillante arena. Maisie ya había visto la plage con Sir Claude días atrás, pero ése era un motivo adicional para enseñarle sobre el terreno a la señora Wix que se trataba, como dijo ella misma, de otro de los lugares de su particular lista y otra de las cosas cuyo nombre francés sabía. Los bañistas, a esas horas, se habían marchado y la marea estaba baja; los charcos sobre la arena relumbraban en el crepúsculo y asimismo había espacios secos, donde ellas pudieron sentarse de nuevo y admirar y explayarse: circunstancia que, mientras estaban escuchando el trajín de las olas, brindó a la señora Wix nueva ocasión para su requisitoria:


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