Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Aquello tuvo el efecto de hacer que Maisie exhalara un vago suspiro de opresión y que tras un instante y como bajo la protección de dicha vaguedad volviera a salir al balcón. De nuevo se apoyó en la barandilla; sintió la noche estival; se embebió en el espíritu de Francia. Debajo del hotel había un café, ante el cual, en pequeñas mesas y sillas, había personas sentadas en un espacio cercado por plantas en macetas; y la impresión fue enriquecida por la blancura de los delantales de los camareros y la música de un hombre y una mujer que, desde fuera del recinto, ofrecían el rasgueo de una guitarra y la cadencia de una canción sobre el amour. Maisie también sabía lo que significaba la palabra amour, y se preguntó si lo sabría la señora Wix: la señora Wix permanecía en el interior, tan silenciosa como un ratón y quizá ajena al recital. Un rato después, mas no hasta que los músicos hubieron concluido su número y empezado a pasar la gorra, su educanda volvió junto a ella.

—¿Es una fechoría? —preguntó Maisie entonces.

La señora Wix fue tan pronta como si hubiera estado agazapada en una guarida:

—Una fechoría anatematizada por la Biblia.

—Caramba, él no sería capaz de cometer una fechoría.

La señora Wix la miró sombríamente:


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