Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Maisie escuchó aquellas palabras, y le produjeron un nuevo efecto pese a que en aquel momento su atención estaba acaparada por un examen de la plausibilidad de la hipótesis de los celos, hipótesis generada exclusivamente por su sensación de que aquí había una vía para desmentir su simpleza. De la actitud de la señora Wix se desprendía que esta mujer continuaba creyendo que su sentido moral era mercenario y simulado; conque ¿qué podía resultar mejor prenda de su sinceridad que un asomo de la más turbulenta de las pasiones? Tal confesión desarmaría cualquier desaliento, y en efecto el desaliento quedó tan desarmado que —en cierta medida con la ayuda de la mera intensidad de su conjunta necesidad de tener esperanza, necesidad que por lo demás, de acuerdo con su propia naturaleza, había brotado del aciago augurio de la ausente misiva— el verdadero clímax de esta mañana estuvo caracterizado por la nota, no de una recíproca sospecha, sino de una franqueza sin precedentes. Cierto es que hubo momentos de reflexión y de silencio, y Maisie se sumergió aún más hondo en la visión de que para su amiga ella era, en el mejor de los casos, una frívola, y de que asimismo, decididamente, resultaba más frívola cuanto mayores esfuerzos hacía por resultar seria. ¿Acaso el compendio de toda sabiduría estribaba sencillamente en saber que estando Sir Claude de por medio era prácticamente imposible la seriedad? Por fortuna la respuesta a esta pregunta se perdió en el esplendor que inundó toda la escena tan pronto como Maisie aventuró en referencia a la señora de Beale un comentario que nunca en su vida había soñado que terminaría haciendo:


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