Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Estaban tan estrechamente enlazadas las manos de ambas y tan ratificada su unión que fue preciso el distante sonido profundo de una campana, llevado por el aire de aquel día estival, para restituir en ellas el sentido del tiempo y de las conveniencias. Habían llegado al fondo y se habían fundido, mas por último reaccionaron: la campana era la voz del hospedaje y el hospedaje era la imagen del almuerzo. Iban a llegar tarde; se incorporaron, y el acelerado paso de su regreso tuvo algo del ímpetu de la confianza. Cuando arribaron al hotel ya había comenzado la table d’hôte: eso quedó claro en el mismo umbral, claro por la ausencia en el vestíbulo y en las escaleras del personnel como decía la señora Wix —con esa palabra sí se había quedado—, ya que todos habían acudido al comedor. Ellas subieron a sus habitaciones a fin de adecentarse ante el espejo, y fue Maisie quien, de pasada y obedeciendo un indefinible impulso, abrió bruscamente la puerta del saloncito blanco y dorado. De esta guisa ella fue quien profirió aquel grito que hizo saltar a su lado a la señora Wix, igual que en el caso inverso ella habría sido quien habría saltado al lado de la señora Wix. En cualquier caso aquello tuvo la consecuencia de dejarlas apelotonadas con la mirada intensamente fija en la nueva coyuntura que se les presentó. Dicha coyuntura había cobrado inesperadamente la espléndida forma de la señora de Beale: allí estaba de pie esta dama con el sombrero y la chaqueta aún puestos, rodeada de bolsas de viaje y chales, sonriente y con los brazos abiertos. Teniendo en cuenta que era una pasajera, presentaba un aspecto mucho mejor que el de las otras dos, a quienes, macilentas y amedrentadas y medio muertas, poco tiempo atrás habían depositado en estas tierras las olas del Canal. Estaba tan hermosa como este día en que había llegado, tan fresca como la suerte y la salud que la acompañaban; a Maisie inmediatamente se le antojó que estaba más guapa que nunca. Todo era demasiado repentino para reflexionar sobre ello, pero aun así en este lapso la niña intuyó qué era lo que le había infundido a su madrastra aquel esplendor. Resultó evidente por sus abiertos brazos, sus abiertos ojos, sus abiertos labios; resultó evidente por la sonora exclamación que a ella le dedicó la señora de Beale: