Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Lo más sorprendente de todo fue que la señora de Beale hizo no menos partícipe de su declaración, por lo visto, a la señora Wix, quien, cual si repentinamente la hubiesen abandonado las fuerzas, se dejó caer en un asiento mientras Maisie se entregaba al abrazo de la visitante. Tan pronto como la niña se desasió, se percató sabiamente del estupor de la señora Wix y de hecho fue capaz de discernir que, aunque aparentemente manifestara aceptar aquel encuentro, sin embargo su semblante parecía decir con intensidad: «Ahora, por amor de Dios, no cacarees un `¡Ya se lo dije a usted!'» Extrañamente, sobre la marcha Maisie fue consciente de una ausencia de ganas de cacarear: un solo instante le había bastado para hacer un rápido repaso de los objetos que rodeaban a la señora de Beale de tal forma que se había apercibido de que entre ellos no había ninguna pertenencia de Sir Claude. A estas alturas ya conocía muy bien el neceser de él —¡oh cuán afectuosamente!— y hubo un momento en que al no divisarlo allí sintió un estremecimiento semejante a como si hubiese recibido la peor de las noticias. Aún le quedaba por aprender lo que significa sentir en un instante infinitesimal una evidencia de defunción, y por consiguiente no tuvo oportunidad de saber que aquella punzada momentánea había sido una prematura sensación de lo que es una muerte. Naturalmente tal punzada desapareció en un periquete ante el esplendor de la señora de Beale, y se fundió en su propia apelación inmediata:
