Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Maisie no tardó en comprender a qué se había referido exactamente su madrastra con eso de lo diferente que iba a mostrarse en su nuevo cargo. En cuanto esposa de su padre había dejado de ser institutriz de ella, y si antaño su presencia allí había precisado justificación mediante la teoría de la humilde función que estaba desempeñando, ahora estaba allí sobre una premisa en la que ya no era precisa justificación alguna y que era incompatible con cualquier servidumbre. A eso era a lo que se había referido con lo de la desaparición de las objeciones a enviarla a una escuela: su infantil compañera ya no se hacía necesaria en la casa en calidad de —como dijo divertidamente la propia señora de Beale— pequeña «carabina». La oposición a una sucesora de la señorita Overmore subsistió: se basaba francamente en la circunstancia, cuya plena absurdidad admitía la señora de Beale, de que ésta última quería a su hijastra con demasiada locura como para tolerar verla confiada a manos vulgares y mercenarias. La alusión a este último peligro alentó a Maisie a dejar caer algunas palabras en favor de la señora Wix, la modesta medida de cuyas ambiciones pecuniarias había podido ella comprobar desde un principio; pero de nuevo y tajantemente la señora de Beale descartó a una candidata que de seguro actuaría de algún modo infame e insidioso en pro de los intereses de Ida y que, aparte, era humanamente detestable y tan ignorante como un pez. Tampoco ocultó el embarazoso hecho de que un buen colegio resultaría horriblemente caro, ni el factor adicional, que semejaba determinante, de que papá, pese a su pasado entusiasmo, a la hora de la verdad era decididamente recalcitrante en lo relativo a desembolsos.