Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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—¿En calidad de legítima esposa de tu padre? ¡Por completo! —contestó la señorita Overmore. Y naturalmente la diferencia comenzó con que esta joven pasó a ser llamada, incluso por Maisie, desde aquel día y a petición especial, la señora de Beale. De hecho, la diferencia acabó allí más o menos, pues exceptuando que la niña pudo reflexionar que muy pronto iba a poseer cuatro progenitores en total —y exceptuando asimismo que al cabo de tres meses, desde el punto de vista de una niña que atisbaba desde el pasamanos, por la escalera ascendía el intensificado rumor de insinuaciones amorosas más rebuscadas—, todo continuó brindando el mismo aspecto que antaño. La señora de Beale tuvo vestidos muy hermosos, pero los de la señorita Overmore habían sido prácticamente igual de buenos, y aunque papá se mostró mucho más entusiasta de su segunda esposa que de su primera, Maisie ya había previsto tal entusiasmo, había sido testigo del desarrollo del mismo casi tan de cerca como la persona más directamente interesada. En realidad, en las relaciones de sus dos compañeros de hogar había muy poco que a ella su propia y precoz experiencia no supiera explicarle, pues si en última instancia ambos le dieron en muy poca medida esa impresión de luna de miel de la que con frecuencia había oído hablar —muy pormenorizadamente, sin ir más lejos, de labios de la señora Wix—, era natural juzgar la circunstancia a la luz de la ya demostrada propensión de papá a poner en entredicho el imperativo del vínculo matrimonial. Su luna de miel, cuando él regresó de Brighton —no al siguiente día de la visita de la señora Wix, ni tampoco, extrañamente, hasta varios días después—, su luna de miel, decíamos, perceptiblemente pareció presentar el aspecto de un estadio ya avanzado del matrimonio. A la señora de Beale ya no le importaba, como bien sabía la niña, que muchas cosas disgustaran a su padre, y el número de éstas creció hasta el extremo de que una minucia como la antipatía hacia la fotografía de Sir Claude careció de relevancia. Este encantador objeto disfrutó de un puesto preeminente en el cuarto de dar clases, donde a decir verdad el señor Farange rara vez penetraba y en el cual la admiración contemplativa constituyó, durante la época de que hablo, casi la única tarea escolar de la alumna de la señora de Beale.


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