Lo que Maisie sabía

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Él llevaba un cigarrillo en la boca y se situó junto a la chimenea y contempló los exiguos muebles de aquella habitación de un modo que hizo que ella se sintiera un tanto avergonzada de los mismos. Entonces, antes de dejarla «sonsacarlo» en lo relativo a la cuestión de la señora de Beale —«sonsacar» era otra de las palabras que ella se había apropiado del vocabulario de su padrastro; el número de éstas era asombroso—, él comentó que a decir verdad mamá se mostraba bastante parca en la ornamentación del cuarto de estudio. La señora Wix había adornado un poco las paredes con un abanico japonés y con dos inscripciones de versículos bastante tétricos de la Biblia: a la señora Wix le habría gustado que hubiesen sido más alegres, pero daba la casualidad de que no tenía otros. Sin la fotografía de Sir Claude, empero, el lugar habría resultado, como decía él, igual de insípido que una cena fría. Asimismo él comentó que había montones de cosas que ellas deberían tener allí; sin embargo institutriz y educanda, había que admitirlo, seguían aún divididas entre su decidir los sitios en que tales cosas deberían colocarse en caso de que tales cosas llegaran algún día y su reconocer esa mutabilidad del destino de la niña que por naturaleza no propiciaba las acumulaciones. La niña sólo se quedaba en cada casa lo necesario para echar de menos ciertas cosas, nunca ni la mitad de lo necesario para ganarse otras nuevas. El modo en que Sir Claude paseó su mirada por todo el cuarto de estudio la hizo sentirse tan llena de humildad como si el cuarto de estudio se diferenciara en muy poco del mugriento ático en que ella había visitado a Susan Ash. Luego él dijo abruptamente refiriéndose a la señora de Beale:


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