Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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—Sí, seguramente. Pero aquí sí que lo hacemos, ¿no te parece?; aquí todos tenemos mucho cuidado con lo que decimos. Supongo que yo no debería contagiarte prejuicios al respecto —siguió—; pero me parece que, visto en conjunto, en esta casa debemos de ser bastante más amables que en la de tu padre. Sin embargo no insistiré; pues se trata de la clase de asunto que debe de resultarte obligadamente embarazoso debatir. No has de preocuparte, de todas formas: te aseguro que siempre contarás con mi apoyo. —Tras un momento y mientras continuaba fumando, volvió a la cuestión de la señora de Beale y a la primera pregunta de la niña—: Me temo que de momento no podemos hacer mucho en lo referente a ella. No he vuelto a verla desde aquel día: palabra que no he vuelto a verla. —Un instante después, con una risa una pizca tonta, el joven se puso ligeramente colorado; debió de pensar que esta declaración de inocencia era excesiva estando destinada a Maisie. Era inevitable decirle a ésta, empero, que naturalmente su madre aborrecía a la dama de la otra casa. Él no contaba con el consentimiento de su esposa para ir allá de nuevo, y no era la clase de hombre —le pidió a ella que lo creyera, cayendo de nuevo, a despecho de sí mismo, en el prurito de presentarse como irreprochable ante la mirada de la niña capaz de ir sin él. Era propenso a hablar con ella utilizando el tono que habría utilizado con otro hombre de mundo. Cierto que había ido a casa de la señora de Beale para recoger a Maisie, pero ése había sido un asunto de todo punto diferente. Ahora que ella estaba alojándose en casa de su madre, ¿qué pretexto podría aducir él ante su madre para ir a tributar visitas a la esposa de su padre? Y por supuesto a la señora de Beale le era imposible venir a la casa de Ida: Ida la destriparía sin piedad. Ya que se estaba hablando de pretextos, Maisie se acordó de lo mucho que la señora de Beale había insistido en que ella era uno óptimo, y de cómo, en esa calidad, su propio destino era que los demás o bien dependiesen mucho de ella o bien la echasen mucho de menos. Aparte, en esta ocasión Sir Claude reconoció que tal vez las cosas cambiaran un poco posteriormente; y concluyó diciendo—: Estoy seguro de que te quiere sinceramente; ¿cómo iba a evitarlo? Es muy joven y muy guapa y muy inteligente: a mí me parece encantadora. Pero debemos proceder correctamente. Si tú me ayudas, ¿verdad?, yo te ayudaré a ti —terminó diciendo de una forma encantadora y amigable, de igual a igual, sin afectación ninguna de superioridad: forma ésta que hizo que la niña se sintiera dispuesta a hacer por él lo que fuese y cuya singularidad, como sintió ella vagamente, estribó no tanto en una fingida condescendencia ante sus pocos años cuanto en una verdadera inconsciencia de los mismos.


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