Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Un domingo por la mañana, yendo hacia la iglesia, llevaba al pequeño Miles a mi lado y su hermana, delante de nosotros y al lado de la señora Grose, a la vista. Era un día fresco y claro, el primero de esta clase desde hacía cierto tiempo; la noche había dejado un poco de escarcha y la atmósfera otoñal, brillante y cortante, hacía casi alegres las campanadas de la iglesia. Fue una curiosa casualidad que en aquel concreto momento me sorprendiera, de forma muy especial y satisfactoria, la obediencia de mis pupilos. ¿Por qué no se quejaban nunca de mi perpetua e inexorable compañía? Una u otra cosa me trajo a las mientes que llevaba al muchacho pegado a mis faldas y que, tal como nuestros acompañantes iban delante, estaba en condiciones de atajar cualquier peligro de rebelión. Era una especie de carcelero, con un ojo puesto en las posible sorpresas y fugas. Pero todo eso —me refiero a su magnífica entrega— formaba precisamente parte del especial orden de unos hechos más insondables. Vestido de domingo por el sastre de su tío, hombre de mano hábil y con gusto para las chaquetas bonitas y para la pose de los pequeños aristócratas, Miles llevaba tan estampados en él todos los derechos propios de su sexo y condición que, si de repente hubiese reclamado su libertad, yo no hubiera tenido nada que decir. Curiosamente, estaba reflexionando sobre cómo reaccionaría ante semejante coyuntura, cuando la revolución estalló de modo inequívoco. Lo llamo revolución porque ahora comprendo cómo, con la palabra que dijo, se levantó el telón del último acto de mi pavoroso drama y se precipitó la catástrofe.
