Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca La señora Grose se quedó mirándome.
—¿Sin sombrero?
Desde luego, también yo miraba al bulto.
—¿No va esa mujer siempre sin sombrero?
—¿Está con ella?
—¡Está con ella! —afirmé—. Tenemos que encontrarlas.
TenÃa la mano en el brazo de mi amiga, pero de momento, ante un planteamiento tal del problema, ella no respondió a mi presión. Por el contrario, en el acto reflexionó con su caracterÃstica dificultad:
—¿Y dónde está Miles?
—¡Ay, está con Quint! Están en la sala de estudio.
—¡Por Dios, señorita!
Me daba cuenta de que mi aspecto y, supongo, mi tono no habÃan sido nunca tan seguros y serenos.
—El truco ha dado sus frutos —prosegu×. Han conseguido llevar a cabo su plan. Él dio con el más divino procedimiento para tenerme tranquila mientras ella escapaba.
—¿Procedimiento divino? —repitió la señora Grose desconcertada.
—¡Digamos infernal, pues! —repliqué casi con alegrÃa—. También él se las ha arreglado con esto. ¡Pero vamos!