Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Fuimos directamente al lago, como lo llamaban en Bly, y me atrevo a decir que lo llamaban, aunque creo que bien podÃa ser, en realidad, una extensión de agua menos llamativa de lo que resultaba a mis ojos inexpertos. Poco familiarizada estaba con extensiones de agua, y el estanque de Bly, en las pocas ocasiones en que, con la protección de mis alumnos, habÃa consentido en recorrer su superficie en el bote de poco calado fondeado allà para nuestro uso, me habÃa impresionado tanto por su amplitud como por su agitación. El embarcadero habitual estaba a media milla de la casa, pero yo tenÃa la Ãntima convicción de que, dondequiera que estuviese Flora, no serÃa cerca de la casa. HabÃa escapado para una pequeña aventura, y desde el dÃa de la verdadera gran aventura que compartimos junto al estanque, me habÃa fijado durante nuestros paseos en los sitios más de su agrado. Esta era la razón de que ahora hubiera marcado un rumbo tan preciso a los pasos de la señora Grose, un rumbo al que, cuando se percató, opuso una resistencia que de nuevo demostraba su gran ofuscación.
—¿Se dirige hacia el agua, señorita? ¿Cree usted que se ha caÃdo?
—Puede ser, aunque creo que la profundidad no es muy grande. Pero creo más probable que esté en el sitio desde donde, el otro dÃa, vimos juntas lo que ya le conté a usted.
—¿Cuando simulaba no ver nada?
