Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —¡Que me cuelguen —decÃa— si hablo!
Fue Flora quien, mirándome de arriba abajo con cándido asombro, habló la primera. Estaba sorprendida de que fuéramos con la cabeza descubierta.
—Pero ¿y sus sombreros?
—¿Dónde está el tuyo, querida? —repliqué al instante.
HabÃa reconocido su alegrÃa y pareció tomarse lo dicho como una respuesta suficiente.
—¿Y dónde está Miles? —prosiguió.
Su aplomo tenÃa algo que casi acabó conmigo: sus cuatro palabras, relampagueando como una hoja desenvainada, fueron la última gota que desbordó la copa rebosante que mis manos habÃan sostenido en algo durante semanas y semanas, y que ahora, incluso antes de hablar, sentÃa derramarse como un diluvio.
—Te lo contaré si tú me lo cuentas a mà —me oà decir; luego percibà el temblor que me interrumpÃa.
—Pero ¿qué quiere que le diga?
La expresión de la señora Grose me impresionó, pero ya era demasiado tarde, por lo que descubrà todo el asunto con la mayor suavidad.
—Pequeña, ¿dónde está la señorita Jessel?